Querido equipo: He querido escribir para Meditaciones para mí sobre las creencias. He preparado una serie de cuatro meditaciones. Eduardo nos comparte cómo ha descubierto que las creencias son fundamentales y, al tratar de decidir si debe seguir adelante con su novia, Lucía, nos permite acompañarlo en su caminar por este tema.
Eduardo había llegado al momento de decidir si debía entregarle un anillo a Lucía y seguir caminando juntos. Se querían, disfrutaban estar juntos y ambos eran buenas personas. Sin embargo, últimamente habían sucedido muchas cosas y Eduardo ya no sabía si Lucía era realmente para él ni si él era la persona adecuada para ella.
Habían descubierto que, aunque compartían muchas cosas, algunas veces veían la vida de maneras muy diferentes. No se trataba solamente de sus gustos, costumbres o formas de ser. Detrás de muchas de sus diferencias había algo mucho más profundo: sus creencias.

Eduardo comenzaba a comprender que no todo lo que él creía era necesariamente verdad. Algunas de sus creencias eran historias que había aprendido hacía mucho tiempo y que, de tanto repetirlas, habían terminado pareciéndole verdaderas. Apenas comenzaba a preguntarse: “¿Esto es realmente verdad o solamente llevo demasiado tiempo creyéndolo?”.
Curiosamente, esta inquietud había comenzado al observar a Lucía. En ella podía ver con claridad algunas de las cosas que creía sobre sí misma y sobre la vida. Lo que todavía no alcanzaba a comprender era que, probablemente, él también cargaba con creencias parecidas. En Lucía veía sus creencias que la definían y proyectaban y pensaba en las suyas, que aún no podía ver con claridad.
“Soy inteligente”.
“Soy malo para los números”.
“Tengo buena suerte”.
“A mí siempre me va mal”.
“El dinero cuesta demasiado trabajo”.
“No se puede confiar en nadie”.
“Siempre hay alguien dispuesto a ayudar”.
“Soy abundante”.
“Las cosas nunca me salen bien”.
Eran solamente frases, pero detrás de ellas había formas completas de entender la vida. Eduardo comenzó a darse cuenta de que algunas de esas creencias podían meter mucho ruido en su relación. Si uno creía que nunca había suficiente dinero y el otro que siempre encontrarían la manera de salir adelante, tomarían decisiones diferentes. Si uno pensaba que no se podía confiar en nadie, interpretaría cualquier silencio o demora como una señal de peligro. Si el otro estaba convencido de que todo terminaría resolviéndose, quizá no comprendería los temores de su pareja.
Los dos podían estar frente a la misma situación y verla de una manera completamente diferente. Era como si cada uno llevara puestos unos lentes distintos, sin darse cuenta de que los tenía.
Eduardo comprendía que aquellas creencias no habían aparecido de la nada. Venían de lo que cada uno había vivido y escuchado en su casa, de la manera en que habían sido tratados, de sus experiencias, de sus éxitos y fracasos, e incluso de la forma en que habían conocido a Dios y vivido la religión dentro de sus familias.
Eduardo siempre había estado atento a las etiquetas que pudieran haberle puesto cuando era niño. Sin embargo, apenas comenzaba a descubrir que las creencias eran algo todavía más profundo. Una etiqueta decía: “Eres miedoso”. Una creencia decía: “El mundo es peligroso y no estoy seguro”. La etiqueta podía venir de alguien más; la creencia, en cambio, había terminado viviendo dentro de él.
Entonces recordó algo que había sucedido durante su infancia. Eduardo tenía un hermano gemelo y, cuando eran pequeños, su padre los llevó a acampar a las montañas. Todo iba bien hasta que, al caer la tarde, comenzó una tormenta muy fuerte. El viento sacudía los árboles, los relámpagos iluminaban el cielo y los truenos parecían caer muy cerca de la tienda.
Su padre los tomó de la mano y los llevó hasta una pequeña cabaña donde pudieron refugiarse. Una vez adentro, mientras escuchaban la lluvia golpear el techo, les dijo:

—No tengan miedo. Estamos juntos y estamos seguros. Las tormentas, por más fuertes que parezcan, siempre terminan pasando.
Eduardo miró a su padre tranquilo y pensó: “Aunque las cosas se pongan difíciles, siempre encontraremos una salida”.
Su hermano, en cambio, seguía escuchando los truenos, que parecían acercarse cada vez más. Sin decirlo, pensó: “En cualquier momento puede suceder algo malo. El mundo es peligroso”.
Los dos habían vivido la misma tormenta. Los dos habían estado dentro de la misma cabaña y habían escuchado exactamente las mismas palabras de su padre. Sin embargo, cada uno se llevó una historia diferente.
Con el paso de los años, Eduardo tendía a pensar que las dificultades terminarían pasando y que siempre podría hacer algo para salir adelante. Su hermano era más precavido; necesitaba tener todo bajo control y sufría cuando no podía anticipar lo que sucedería.
Ninguno de los dos había elegido conscientemente aquella forma de mirar la vida. Simplemente habían vivido una experiencia, le habían dado un significado y, con el tiempo, ese significado se había convertido en una creencia.
Ahora Eduardo se preguntaba cuántas de sus decisiones seguía tomando aquel niño. También se preguntaba cuántas de las reacciones de Lucía provenían de historias que ella había aprendido mucho antes de conocerlo.
Sentado frente al pequeño estuche donde guardaba el anillo, comprendió que quizá el problema no era que él y Lucía tuvieran creencias diferentes. Ninguna pareja ve la vida exactamente de la misma manera. La verdadera pregunta era si ambos estaban dispuestos a descubrir sus creencias, hablar de ellas y aceptar que algunas podían no ser ciertas.
¿Podían aprender a mirar juntos aquello que hasta entonces habían visto con lentes diferentes? ¿Podían ayudarse a cuestionar las historias que los limitaban sin intentar cambiarse el uno al otro? ¿O aquellas creencias terminarían decidiendo por ellos la vida que todavía no habían comenzado?

Eduardo aún no tenía la respuesta. Pero comprendió algo importante: antes de decidir si quería compartir su futuro con Lucía, necesitaba descubrir qué parte de ese futuro estaban eligiendo ellos y qué parte ya había sido elegida por las historias que ambos llevaban años creyendo.
Abrazo equipo,
Jorge Oca