La creencia que sostiene todas las demás.  4a y última

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Una nota antes de comenzar. Esta meditación, que cierra las tres anteriores sobre las creencias, nace de mi fe y de una convicción que ha dado sentido y paz a mi vida. No busca imponer una creencia; te invito a leerla con libertad y quedarte con aquello que pueda hacerte bien.

La última visita de Eduardo fue al sacerdote de su parroquia. Le tenía mucha confianza y le parecía un hombre preparado, profundo y práctico.

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—Padre, estoy decidiendo si me caso con Lucía. He aprendido mucho sobre las creencias: cómo nacen, cómo dirigen nuestra vida y cómo podemos cambiarlas. Pero quiero hablarle de la que para mí es la más importante: Dios es mi Padre, yo soy su hijo y me ama profundamente. A partir de ahí, todo cobra sentido y muchas cosas dejan de tener tanta importancia.

El sacerdote sonrió.

—Creo que has descubierto lo esencial. Ahora falta saber si solamente lo entiendes o si realmente estás aprendiendo a vivir desde ahí.

—¿Cuál es la diferencia?

—Una cosa es creer que Dios existe y otra muy distinta creer que Dios es tu Padre. Puedes decir que eres hijo de Dios y continuar viviendo como un huérfano: tratando de ganarte el amor, demostrando tu valor, queriendo controlarlo todo y sintiendo que, si algo sale mal, te quedarás solo.

Eduardo guardó silencio.

—La creencia más profunda —continuó el sacerdote— no es la que repites con tus labios, sino aquella desde la que reaccionas cuando tienes miedo, fracasas o alguien te rechaza.

El sacerdote tomó la Biblia que tenía sobre el escritorio.

—Antes de comenzar su misión, antes de realizar milagros o enseñar, Jesús recibió estas palabras del Padre: “Tú eres mi Hijo amado”. Su identidad vino antes que su misión. Primero fue amado y después salió a cumplir su propósito.

—¿Y eso también es para nosotros?

—Por supuesto. Antes de tus éxitos y fracasos, antes de ser esposo, padre o profesionista, eres hijo amado de Dios. Tu valor no depende de lo que logres ni de lo que los demás piensen de ti.

Eduardo recordó las creencias que había aprendido con Gertrudis: “Yo importo”, “lo que hago importa”, “tengo algo que ofrecer”, “no estoy solo” y “existe algo más grande que yo”. De alguna manera, todas parecían reunirse en una sola:

Soy hijo amado de Dios.

—¿Y qué cambia esto en mi relación con Lucía?

—Muchísimo. Si no sabes que eres amado, puedes pedirle a Lucía que te demuestre constantemente que vales, que llene tus vacíos y calme todos tus miedos. Terminarías pidiéndole que ocupara un lugar que solamente corresponde a Dios.

—Creo que algunas veces he hecho eso.

—Todos lo hacemos. Pero cuando sabes que ya eres amado, puedes amar con mayor libertad. No necesitas a Lucía para completar tu valor; la eliges para compartir tu vida. No amas desde la carencia, sino desde la abundancia.

El sacerdote hizo una pausa.

—También debes recordar que Lucía es hija amada de Dios. No es un proyecto que tengas que corregir. Tiene su historia, sus heridas y su manera de mirar la vida. Casarte con ella significa recibirla con amor y ayudarse mutuamente a recordar quiénes son.

—Entonces nuestras diferencias no significan que no debamos casarnos.

—No necesariamente. No tienen que pensar igual en todo, pero sí deben preguntarse si comparten sus creencias fundamentales sobre Dios, el amor, la fidelidad, la familia, el perdón y el propósito de su vida juntos.

Antes de despedirse, el sacerdote puso una mano sobre el hombro de Eduardo y oró:

—Padre bueno, permite que Eduardo se sepa profundamente amado por ti. Ayúdalo a mirar a Lucía como tu hija amada. Dales luz para reconocer las creencias que los acercan y valor para transformar aquellas que levantan paredes entre ellos. Que no se busquen para llenar lo que solamente tú puedes llenar, sino para compartir el amor que primero han recibido de ti. Amén.

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Al llegar a casa, Eduardo volvió a leer todo lo que había escrito durante aquellos días y comprendió que no solamente estaba decidiendo si debía casarse con Lucía. Había emprendido un viaje hacia su propia historia.

Primero descubrió que muchas de sus creencias habían nacido cuando todavía era demasiado pequeño para cuestionarlas. Algunas le habían dado fuerza y esperanza; otras seguían llenándolo de miedo y condicionando su manera de vivir y de amar.

Después comprendió que las creencias influyen en lo que esperamos; lo que esperamos determina lo que intentamos, y nuestras acciones van construyendo la vida que vivimos.

También descubrió que podía cambiar. No podía borrar el pasado ni evitar las heridas recibidas, pero sí podía revisar el significado que les había dado. Su historia había influido en él, pero no tenía por qué determinar su futuro.

Sin embargo, la enseñanza más importante era que no bastaba con sustituir una creencia negativa por una frase positiva. Necesitaba una verdad suficientemente profunda para sostenerlo cuando aparecieran el miedo, el fracaso, la soledad o el rechazo.

Y esa verdad era:

Dios es mi Padre. Yo soy su hijo y me ama profundamente.

Desde ahí podía mirar su historia sin avergonzarse, reconocer sus heridas sin quedar prisionero de ellas y aceptar sus errores sin pensar que había perdido su valor.

Eduardo comprendió que sanar no significaba borrar el pasado, sino permitir que el amor de Dios entrara en los lugares donde alguna vez había nacido una mentira.

Donde había creído: “No soy suficiente”, podía escuchar: “Eres mi hijo amado”.

Donde había pensado: “Tengo que hacerlo todo solo”, podía recordar: “Tu Padre camina contigo”.

Donde temía: “Si fracaso, dejarán de quererme”, podía responder: “Tu valor no depende de tus resultados”.

Sus antiguas creencias volverían a aparecer, pero ahora podría detenerse y preguntarse:

“¿Esta es la verdad o solamente es una historia que aprendí a creer?”.

Ya no tenía que pelearse con su pasado. Podía mirar con ternura al niño que alguna vez tuvo miedo y decirle:

“Entiendo por qué quisiste protegerte. Pero ya no estás solo. Dios es nuestro Padre. Somos sus hijos amados. Podemos creer,  confiar, soltar y hacer nuestra parte”.

También comprendió que amar a Lucía no significaba pedirle que llenara sus vacíos ni tratar de corregirla. Significaba recibirla como hija amada de Dios y ayudarse mutuamente a recordar la verdad cuando sus heridas levantaran paredes entre ellos.

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Tal vez eso era el amor maduro: no dos personas que se buscan para completar lo que les falta, sino dos hijos amados que deciden compartir lo que han recibido.

Eduardo cerró los ojos y oró:

“Padre, ayúdame a descubrir las creencias que todavía dirigen mi vida. Sana las que nacieron del miedo y fortalece aquellas que me permiten crecer, amar y servir.

Enséñame a mirar mi historia con compasión. Dame sabiduría para reconocer lo que necesito transformar y valor para vivir de una manera diferente.

Cuando olvide quién soy, recuérdamelo. Cuando quiera demostrar mi valor, recuérdame que ya soy amado. Cuando intente controlarlo todo, recuérdame que no camino solo.

Hoy decido dejar de vivir como un huérfano.

Tú eres mi Dios y mi Padre.
Yo soy tu hijo muy amado.
Todo lo tuyo es mío.
Creo, Confío, Suelto y hago mi parte.

Amén”.

Y entre todas las creencias con las que podía construir su futuro, Eduardo decidió colocar una como fundamento de las demás:

Dios es mi Padre. Yo soy su hijo amado. No camino solo. Desde esta verdad puedo sanar mi historia, transformar mi vida y aprender a amar desde la abundancia.

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Abrazo equipo,

Jorge Oca

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