Jordi se levantó a las 2:30 de la mañana esperando ver las famosas Perseidas: meteoritos que, al entrar en la atmósfera, se ven como estrellas fugaces.
Recordó que muchos años atrás, se las había enseñado a su hija en la playa. Le había dicho que verían una lluvia de estrellas y ella, todavía pequeña, había llevado un paraguas.
Esta vez Jordi estaba en medio de la ciudad. No había podido ir al campo para alejarse de las luces. La noche estaba un poco brumosa y apenas se alcanzaban a distinguir algunas estrellas.

Esperó pacientemente a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad y comenzó a buscar.
Lo primero que comprendió fue que la luz del mundo no siempre nos deja ver la luz del cielo. A veces necesitamos alejarnos del ruido y de las luces artificiales para descubrir lo que siempre ha estado ahí.
Después de un rato comenzó a dolerle el cuello. Llevaba mucho tiempo mirando hacia arriba.
Entonces pensó que las cosas extraordinarias aparecen cuando levantamos la mirada. Muchas veces caminamos por la vida mirando al suelo, preocupados por lo inmediato, y nos perdemos todo lo que sucede sobre nosotros.
Los demás que estaban en la casa no se habían levantado. Jordi sabía que cuando uno desea mucho algo, debe estar dispuesto a hacer un esfuerzo para recibirlo.
Para ver una estrella fugaz hay que aprender a esperar. No todo sucede cuando queremos. Algunos regalos solamente los recibe quien sabe permanecer atento.
Pasaba el tiempo y no veía nada. Sin embargo, le parecía que todo lo que estaba aprendiendo esa noche no tenía precio.
No había una oscuridad total. Las luces de la ciudad seguían ahí, pero eso también le hizo pensar que la oscuridad no impide que brille la luz; permite que podamos verla. Tal vez algunas etapas oscuras de nuestra vida nos permiten «descubrir luces» que antes no alcanzábamos a reconocer.

Mientras Jordi miraba el cielo, por un momento dejó de mirarse a sí mismo. La capacidad de maravillarnos nos saca del ego y nos devuelve a algo mucho más grande que nosotros.
Las estrellas fugaces pasan apenas durante un instante, pero pueden quedarse para siempre en nuestra memoria. Hay personas, encuentros y momentos muy breves que, sin embargo, iluminan toda una vida. Recordando, bendijo a tantas personas especiales que habían iluminado su vida.
Jordi sabía que no había visto ninguna de las estrellas que habían pasado, pero eso no significaba que no hubieran existido. También Dios obra muchas veces sin que alcancemos a verlo. No siempre percibimos lo que está haciendo, pero podemos confiar – y tener la certeza – en que está ahí y sigue actuando.
Jordi comprendía que tenía la certeza de que las estrellas estaban ahí, aunque él no pudiera verlas. Poco a poco comprendió que, quizá, el regalo de aquella noche no era contemplarlas, sino descubrir todo lo que comenzaba a aparecer dentro de él, gracias precisamente, a lo que no aparecía en el cielo.
El cielo estaba lleno de estrellas, pero él esperaba solamente la que se moviera. Entonces comprendió que a veces buscamos tanto lo extraordinario que dejamos de agradecer las luces que permanecen fielmente en nuestra vida.
Pensó también en la costumbre de pedir un deseo cuando aparece una estrella fugaz. Él no las veía, pero sabía que estaban ahí. Pedía el regalo de poder contemplarlas, aunque poco a poco comenzó a comprender que probablemente los regalos importantes de aquella noche eran otros.
Las estrellas no brillan más porque las miremos; simplemente brillan. Tal vez nosotros también deberíamos dejar de buscar aprobación y atrevernos a ofrecer nuestra propia luz.
La estrella fugaz no pide permiso para brillar. Aparece, entrega toda su luz y sigue su camino. Quizá nosotros tampoco debamos esperar a que alguien nos dé permiso para compartir aquello que llevamos dentro.

Y descubrió algo más: ellas parecen fugaces, pero los fugaces somos nosotros. El cielo permanece; quienes pasamos rápidamente por esta vida somos nosotros.
Jordi ya tenía frío. Hacía tiempo que hasta los mosquitos habían dejado de molestarlo. Estaba tranquilo. Sabía que esa noche y a esa hora había tenido la gran oportunidad de ver sus queridas estrellas fugaces.
De pronto pensó que, aunque no había logrado verlas, ellas le habían regalado varias meditaciones fugaces desde algún lugar del cielo.
Probablemente esos pensamientos eran presentes que habían hecho que valiera mucho la pena levantarse, esperar y meditar.
Ojalá que el paso de estos meteoritos también te regale un par de ideas por ahí…
Bendigo tu paso por mi vida y agradezco que, aunque haya sido brevemente, hayas caminado conmigo.
Abrazo equipo,
Jorge Oca