Eduardo decidió seguir investigando sobre las creencias. Cuanto más pensaba en ellas, más se daba cuenta de que no eran simples pensamientos. Estaban escondidas detrás de muchas de sus decisiones, sus miedos y hasta de la manera en que imaginaba su futuro con Lucía.
Fue a visitar a su vecino, don Miramontes, un hombre de casi ochenta años que siempre le había parecido muy sabio. Después de escucharlo, le dijo:

—Las creencias terminan convirtiéndose en nuestra vida. Lo que creemos influye en lo que esperamos; lo que esperamos determina lo que intentamos, y lo que intentamos repetidamente va construyendo nuestros resultados.
Eduardo sacó su teléfono para anotarlo. Sentía que ahí había algo importante.
—¿Y las creencias se pueden cambiar?
—Por supuesto. El primer paso es descubrirlas. Uno no puede cambiar una creencia que todavía confunde con la verdad.
Aquello lo tranquilizó. Si las creencias habían sido aprendidas, también podían revisarse y transformarse.
Después fue a buscar a Gertrudis, la bibliotecaria de la universidad. Doña Ger, como él la llamaba, tenía un carácter fuerte, una inteligencia muy despierta y una forma muy particular de decir las cosas.
—Doña Ger, ¿qué libro me recomienda sobre las creencias?

—Mira, precioso, acaba de salir uno que tienes que leer: The Power of Beliefs, de Shawn Achor. Habla de siete creencias centrales que influyen en nuestra salud, felicidad y sentido de vida.
Gertrudis comenzó a enumerarlas:
Lo que hago importa. Tengo motivos para agradecer. Yo importo. Tengo algo que ofrecer. No estoy solo. Mi trabajo tiene sentido. Existe algo más grande que yo.
—¿Y cuáles son las tres más importantes? —preguntó Eduardo.
La mirada de Gertrudis lo dejó helado.
—¿Quieres que yo decida cuáles son las creencias más importantes para tu vida? O estás un poco retrasado o tienes una flojera (con h) de aquellas.
Eduardo recogió el libro sin decir una palabra y se marchó.
Durante los siguientes días lo leyó, lo subrayó y comprendió que no tenía que escoger tres creencias como quien elige sus sabores favoritos de helado. Necesitaba preguntarse qué lugar ocupaba cada una en su vida.
Descubrió que agradecer no era solamente hacer una lista de cosas buenas, sino una manera de mirar la vida y reconocer que, aun en medio de las dificultades, seguían existiendo regalos y motivos para continuar.
La creencia “tengo algo que ofrecer” también lo iluminó. Ser abundante no significaba tener mucho, sino reconocer que había recibido algo que podía compartir: tiempo, amor, experiencia, capacidades, atención o esperanza.
Pero la creencia que más profundamente había transformado su vida era: “No estoy solo”. Eduardo sabía que era hijo amado de Dios. Su valor no dependía de sus éxitos, sus fracasos ni de la opinión de los demás. Era amado antes de demostrar cualquier cosa.
Días después, Gertrudis lo invitó a tomar un café.
—Ahora te voy a contar una historia sobre mi padre y su hermano.
Los dos habían crecido en una casa donde casi nunca alcanzaba el dinero. Muchas veces cenaban solamente frijoles y tortillas y aprendieron desde pequeños a no pedir demasiado. Los dos vivieron la misma escasez, pero cada uno se contó una historia diferente.
El padre de Gertrudis repetía: —Nosotros nunca tuvimos dinero.
Con el tiempo, aquello se convirtió en una creencia: “El dinero siempre falta”. Trabajó muchísimo y llegó a tener más de lo que había imaginado, pero nunca logró sentirse abundante. El miedo a perder pesaba más que la alegría de tener.
Su hermano, en cambio, decía:
—Como conocí la escasez, voy a aprender a construir abundancia y a compartirla.

También trabajó y cuidó el dinero, pero para el tener significaba crear oportunidades, ayudar a sus hijos y compartir con otros.
—Los dos partieron del mismo lugar —le explicó Gertrudis—. Uno vivió intentando protegerse de lo que había sufrido. El otro vivió intentando construir lo que había echado de menos.
Eduardo comprendió entonces que las creencias no eran frases bonitas para repetir frente al espejo. Eran raíces que, tarde o temprano, producirían frutos.
Antes de hablar con Lucía necesitaba preguntarse:
¿Realmente creo que importo?
¿Vivo agradecido?
¿Creo que tengo algo que ofrecer?
¿Me siento abundante o continúo protegiéndome de alguna antigua escasez?
¿Vivo como alguien que sabe que no está solo?
Tal vez el futuro de su relación con Lucía no dependía de que ambos creyeran exactamente lo mismo, sino de que pudieran reconocer sus creencias, hablar de ellas y decidir cuáles querían fortalecer juntos.
Las creencias no son magia. Pero aquello que creemos modifica lo que esperamos; lo que esperamos influye en lo que hacemos, y lo que hacemos cada día termina construyendo la vida que vivimos.
Abrazo equipo.
Jorge Oca