Jordi acababa de regresar a casa después de un largo día de trabajo. Quería bañarse, cenar algo y sentarse un rato frente a la computadora. Tal vez ver su serie, revisar algunas cosas pendientes y, finalmente, descansar.
Mientras se bañaba, de pronto se fue la luz.
Quedó deliciosamente enjabonado de pies a cabeza, esperando que en cualquier momento regresara la electricidad. Primero terminó de quitarse el jabón como pudo; después buscó a tientas la toalla, salió del baño y comenzó la aventura de encontrar su celular para iluminarse y ponerse ropa limpia.

Su mujer llegó poco después. Entre los dos fueron colocando algunas velas para alumbrar las distintas habitaciones. La luz no regresaba, así que se fueron a la cocina a preparar algo de cenar.
—Mejor no abramos mucho el refrigerador para que conserve el frío —dijo ella.
Como no había electricidad, tampoco había internet. Los celulares comenzaron a permanecer extrañamente silenciosos. Nadie les escribía, ninguna notificación aparecía y las redes parecían haberse olvidado de ellos.

Hasta que apareció una nueva preocupación:
—¿Cuánta batería te queda?
De pronto, tener el teléfono al treinta por ciento parecía una emergencia. ¿Y si se quedaban sin celular? ¿Cómo se comunicarían? ¿Cómo sabrían qué estaba pasando? ¿Qué harían con todo aquel silencio? ¿Y si se descongela todo lo del congelador y refrigerador?
Tampoco había televisión, así que ver el capítulo de la serie que seguían cada noche no era una opción. La rutina había cambiado por completo.
La señora que trabajaba en su casa los escuchó y comentó sonriendo:
—Cuando nosotros éramos jóvenes no teníamos luz y, de hecho, éramos muy felices.
Jordi pensó que él también era feliz, aunque reconoció que no le molestaría tener cargado el celular, ver la televisión, conectarse a internet y hacer lo que le daba placer hacer.
Sin embargo, mientras permanecía sentado bajo la tenue luz de una vela, comenzó a pensar que aquel apagón podía ser una pequeña bendición.

Había tenido que irse la luz para que comenzara a agradecerla.
La electricidad siempre había estado ahí. Bastaba oprimir un interruptor para iluminar una habitación. Podía conservar los alimentos, cargar el celular, ver un programa, trabajar en su computadora o simplemente caminar por la casa sin tropezarse. Nunca pensaba en ello porque lo consideraba normal.
Entonces comprendió que así sucede con muchas cosas en la vida: solamente reconocemos su valor cuando comienzan a faltarnos.
Damos por sentado poder levantarnos y caminar hasta que nos duele una rodilla. No agradecemos nuestras manos hasta que un dedo nos impide abotonarnos la camisa. Respiramos miles de veces al día sin pensar en el milagro que significa poder hacerlo. Vamos al baño como si fuera lo mas normal.
Nos acostumbramos a escuchar la voz de nuestros padres hasta que un día ya no podemos llamarlos. Nos parece normal que nuestra pareja esté a nuestro lado, que nos pregunte cómo nos fue, que prepare un café o que simplemente comparta con nosotros el silencio. Quizá incluso nos concentramos más en sus defectos que en la bendición de su presencia.
Damos por sentado el trabajo y nos quejamos de sus dificultades hasta que corremos el riesgo de perderlo. Dejamos de valorar a quienes colaboran con nosotros porque suponemos que siempre estarán ahí. Nos acostumbramos a nuestros amigos, a la mesa compartida, a la casa, al agua caliente, a la comida, a la libertad y a tantas pequeñas cosas que sostienen silenciosamente nuestra vida.
También podemos acostumbrarnos a Dios. Acudir a Él cuando “algo se apaga” o nos falte, pero olvidamos agradecerle mientras la luz permanece encendida. Le pedimos que nos devuelva la salud, la paz o la familia, sin haber reconocido plenamente esos regalos cuando los teníamos frente a nosotros.
En una de esas, de vez en cuando necesitamos “apagar la luz” de algunas cosas para volver a descubrirlas.
Apagar el teléfono para mirar a quien está sentado frente a nosotros. Apagar la televisión para conversar. Detener el trabajo para contemplar nuestra casa. Guardar silencio para reconocer nuestra respiración. Cerrar los ojos para agradecer a las personas que todavía podemos abrazar.
No se trata de vivir con miedo a perderlo todo, sino de vivir despiertos. De mirar nuestra vida sin pensar que sus bendiciones nos pertenecen, que las merecemos o que estarán ahí para siempre.
Aquella noche, Jordi dejó de esperar con impaciencia que regresara la electricidad. Miró a su mujer bajo la luz de las velas, disfrutó la cena sencilla y agradeció todo aquello que normalmente no veía.
Y cuando finalmente regresó la luz, no solamente se iluminó la casa. También algo se había encendido dentro de él.
Espero que en tu vida diaria, puedas reconocer, apreciar y agradecer todas las bendiciones que tienes y que quizá has comenzado a dar por sentadas.
Que no necesites perder algo para descubrir cuánto iluminaba tu vida.
Y que, mientras su luz permanezca encendida, tengas la sabiduría de reconocerla, agradecerla y disfrutarla.
Buena semana equipo,
Jorge Oca