Eduardo todavía tenía dos personas más a quienes quería visitar. Una de ellas era un doctor muy amigo de su familia.
—Mira, doc, estoy decidiendo si me caso con Lucía. Nos queremos, pero venimos de mundos diferentes y algunas de nuestras creencias son incluso opuestas. He comprendido que las creencias pueden influir mucho en nuestro futuro. Lo que quiero saber es si pueden cambiarse.
—Claro que pueden cambiarse —respondió el doctor—, pero primero necesitamos hacerlas conscientes. No se trata de obligarnos a pensar positivamente, sino de descubrir la frase silenciosa que ha estado dirigiendo nuestras decisiones. Una creencia repetida durante muchos años puede sentirse como una verdad sin serlo.
Para explicarle la importancia de nuestras expectativas, el doctor le contó sobre un famoso estudio realizado con 180 pacientes que sufrían artrosis y dolor de rodilla. A dos grupos les practicaron diferentes cirugías y al tercero solamente le hicieron unas pequeñas incisiones y simularon la operación.
Los pacientes no sabían qué procedimiento habían recibido. Después de dos años, quienes tuvieron las cirugías reales no obtuvieron mejores resultados que quienes solamente recibieron el procedimiento simulado. Algunos pacientes del grupo placebo también dijeron sentir menos dolor y caminar mejor.
—¿Entonces todo estaba en su cabeza? —preguntó Eduardo.

—No, Lalo. El dolor y la artrosis eran reales. La mente no inventa la enfermedad ni puede curarlo todo únicamente por creerlo. Pero nuestras expectativas y el significado que damos a lo que nos sucede pueden influir en cómo experimentamos el dolor y afrontamos nuestra recuperación. La mente no sustituye a la medicina, pero tampoco podemos separarla completamente del cuerpo.
—¿Y sucede lo mismo en una relación?
—Por supuesto. Si crees que tarde o temprano todas las personas te abandonan, cualquier distancia de Lucía puede parecerte una amenaza. Si ella cree que mostrar sus sentimientos es una debilidad, puede guardar silencio cuando tú más necesites escucharla. Tú interpretarás su silencio desde tu miedo y ella tu insistencia desde el suyo. Sin darse cuenta, podrían terminar provocando aquello que más temen.
—¿Entonces cómo se cambia una creencia?
—Primero hay que preguntarse: “¿Esto es verdad o solamente lo he creído durante mucho tiempo?”. Después debemos descubrir de dónde viene, cuestionarla y buscar una verdad más completa. Pero no basta con repetir una frase bonita frente al espejo. Hay que comenzar a actuar desde esa nueva verdad. Las pequeñas experiencias diferentes van dando evidencia a la nueva creencia.
—Por ejemplo, si creo que no puedo confiar en nadie…
—No necesitas pasar de “nadie es confiable” a “puedo confiar ciegamente en todo el mundo”. Podrías elegir algo más verdadero: “Existen personas confiables y puedo aprender a reconocerlas, acercarme poco a poco y establecer límites sanos”.
—Entonces no se trata de negar la realidad.
—Exactamente. Se trata de elegir creencias verdaderas y fecundas: “Puedo aprender”. “Mi historia influye en mí, pero no determina mi futuro”. “Tengo algo que ofrecer”. “No estoy solo”. “Dios puede hacer algo nuevo conmigo”.
Antes de despedirse, el doctor agregó:
—Cuando una pareja comprende la importancia de sus creencias y está dispuesta a revisarlas, puede fortalecer muchísimo su matrimonio. No necesitan pensar igual en todo. Necesitan hablar con honestidad sobre lo que creen, descubrir de dónde viene y ayudarse a crecer sin intentar imponerse uno al otro.
Eduardo salió del consultorio comprendiendo que no podía cambiar todo lo que él y Lucía habían vivido, pero sí podían revisar el significado que habían dado a sus historias. Antes de realizar su última visita, escribió en su libreta:
¿Qué he creído acerca de mí durante muchos años?
¿De dónde nació esa creencia?
¿Es realmente cierta o fue la conclusión de una versión más pequeña y herida de mí?
¿Qué nueva verdad quiero comenzar a creer y a vivir?
Tal vez no podemos elegir todo lo que nos sucede, pero sí podemos revisar el significado que le damos. Porque aquello que creemos posible condiciona el camino que estamos dispuestos a recorrer.

De aquella conversación, Eduardo se llevó dos conclusiones.
La primera fue que no somos culpables de muchas de las creencias que aprendimos, porque algunas nacieron cuando éramos demasiado pequeños para comprender lo que sucedía. Pero ahora que podemos reconocerlas, sí somos responsables de decidir cuáles queremos seguir alimentando y cuáles necesitamos transformar.
La segunda fue que una creencia no cambia solamente porque la entendamos o repitamos una frase diferente. Cambia cuando comenzamos a vivir de acuerdo con una nueva verdad. Cada pequeña acción, cada decisión distinta y cada vez que nos atrevemos a responder de otra manera se convierte en una evidencia de que nuestra historia puede ser diferente.
Tal vez no podemos elegir todo lo que nos sucede, pero sí podemos revisar el significado que le damos. Nuestra historia influye en nosotros, pero no tiene por qué determinar nuestro futuro.
Cambiar una creencia no significa negar lo vivido. Significa dejar de permitir que una conclusión nacida en el pasado siga decidiendo la vida que todavía podemos construir.
No permitamos que una antigua creencia nos robe la vida que todavía podemos construir. No fuimos creados para sobrevivir llenos de miedo, sino para vivir con esperanza; no para encerrarnos en la escasez, sino para descubrir nuestra abundancia; no para sentirnos indignos, sino para reconocernos profundamente amados.
Fuimos creados por Dios con dones únicos, Fuimos creados para amar y ser amados, para compartir nuestros dones y para vivir una vida plena y abundante. Estamos llamados a convertirnos en la mejor versión posible de nosotros mismos.
Abrazo equipo!
Jorge Oca