Las promesas que nos cierran el corazón.

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Isabel siempre había querido el cuadro de la Virgen que su madre tenía en la cabecera de su cama. Un día, al ir a visitar a su mamá, el cuadro ya no estaba. Su madre sabía que para ella era muy importante. De hecho, le había prometido que ella sería la heredera del cuadro.

Su madre se estaba bañando y la persona de servicio le dijo que su hermana Anastasia se lo había llevado. Había escuchado a su madre decirle que se lo llevara.

Isabel no pudo más y salió corriendo de la casa, hecha un mar de lágrimas. Se prometió no necesitar más a su mamá y, por supuesto, seguir odiando a su hermana Anastasia. La habían herido en lo más profundo y prometió no perdonarlas jamás.

Dos meses después, su madre se puso grave, así que Isabel tuvo que ir a visitarla. Casi se desmayó cuando vio en su madre, al verla, una cara de alegría que hacía mucho tiempo no veía y, en ese mismo instante, descubrió “su cuadro” de la Virgen arriba de la cama.

—Isabel, mi amor, qué gusto verte. Te he extrañado mucho. ¿Dónde has andado? Mira qué bonito marco le mandé poner a tu cuadro… ¿Te gusta?

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Carlos llevaba varios días esperando la llamada de su hijo. Habían quedado de verse el domingo para comer, pero esa mañana recibió un mensaje breve:

“Papá, perdón, hoy no voy a poder. Luego te explico”.

Carlos sintió que algo se rompía dentro de él. Había preparado la comida, comprado el postre que a su hijo le gustaba y hasta había cancelado otros planes para estar con él.

Una voz dentro de su cabeza empezó a hablarle con fuerza:

“Nunca tiene tiempo para ti. Siempre hay algo más importante. Ya no le vuelvas a insistir. Que él te busque cuando quiera”.

Durante el resto del día, Carlos alimentó esa idea. Se prometió no volver a invitarlo, no volver a llamarle y no volver a demostrarle cuánto lo necesitaba. Pensaba que así se protegería de volver a sentirse rechazado.

Esa misma noche tocaron a su puerta. Era su hijo. Venía cansado, con los ojos rojos y una bolsa en la mano.

—Perdón, papá. Mi suegro se puso mal y tuvimos que llevarlo al hospital. No quería preocuparte hasta saber que estaba estable. Pero no quería que terminara el día sin verte.

Sacó de la bolsa dos cafés y se sentó junto a él.

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Carlos lo miró en silencio. Se dio cuenta de lo cerca que había estado de levantar una pared entre los dos. Una pared construida no con la verdad, sino con el miedo a no sentirse querido.

Respiró, abrazó a su hijo y decidió soltar una promesa que nunca debió hacerse.

Isabel y Carlos se dieron cuenta, a veces temprano y a veces tarde, de cómo las creencias que nacen de sentimientos que intentan cuidarnos para no sufrir, pueden desencadenar promesas internas que nos hacen cerrarnos al amor, a la vida y a vivir en paz y armonía.

Se dieron cuenta con claridad de este mecanismo que, sin duda, les provocaba tanto dolor, ira, coraje, resentimiento y cuánto más. Se sentaron con papel, lápiz y un corazón abierto, e iniciaron escribiendo qué promesas habían hecho que afectaron sus relaciones más queridas: con sus parejas, con sus hijos, con sus padres, con sus hermanos, con sus amigos, con la gente del trabajo… Había tiempo para deshacerlas…

Qué delicado es hacerse esas promesas internas para no seguir sufriendo…

“No hay manera de que yo regrese…”

“No hay manera de que yo perdone…”

“No hay manera de que yo vuelva a confiar…”

“No hay manera de que lo ayude…”

“No hay manera de que lo vuelva a necesitar…”

“No volveré a permitir que nadie me lastime…”

No levantemos paredes ni construyamos fortalezas para protegernos. Dejemos que el amor fluya; nos hace mucho bien.

Abrazo equipo,

Jorge Oca

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