Hace algunos días, Saúl caminaba por la playa de Zihuatanejo al atardecer. Tenía una buena familia, un trabajo estable, salud suficiente para disfrutar la vida y amigos que lo apreciaban. Sin embargo, mientras caminaba, no podía dejar de pensar en todo lo que le faltaba: el negocio que no había crecido como esperaba, la casa que aún no podía comprar, los sueños que seguían pendientes y las preocupaciones que lo acompañaban cada día. Iba tan concentrado en sus pensamientos que apenas notaba el mar, la brisa o los colores del cielo.
De pronto, se encontró con un pescador sentado sobre una roca, mirando el horizonte.
—¿Qué estás viendo? —le preguntó.
El pescador sonrió y respondió:
—Todo.
Saúl miró alrededor confundido.
—¿Cómo que todo?
—El mar, el viento, el sol que se está ocultando, las aves que vuelven a casa, el día que termina y la oportunidad de haberlo vivido.

Saúl guardó silencio. Aquella respuesta le pareció demasiado simple.
Entonces el pescador añadió: —Lo curioso es que muchas veces las personas creen que sus problemas les impiden ver las bendiciones. Pero la verdad suele ser al revés: están tan ocupadas mirando lo que les falta que dejan de ver lo que ya tienen. Y quizá ahí se encuentra una de las grandes lecciones de la gratitud. Muchas veces pensamos que la gratitud consiste simplemente en dar las gracias. Pero la gratitud verdadera comienza mucho antes: comienza en el lugar donde decidimos poner nuestra atención.
La mente humana tiene una característica muy particular: no puede enfocarse plenamente en dos cosas al mismo tiempo. No puede mirar con la misma intensidad lo que falta y lo que ya está presente. Cuando nuestra atención se fija únicamente en aquello que no tenemos, en la meta que no hemos alcanzado, en el problema que sigue sin resolverse o en la versión de nosotros mismos que aún no hemos llegado a ser, todo lo demás empieza a desaparecer de nuestra vista.

No es que las bendiciones hayan desaparecido. Es simplemente que nuestro enfoque está puesto en otra parte. Y así dejamos de ver los regalos cotidianos: la familia que nos acompaña, los amigos que permanecen, el trabajo que tenemos, la salud que aún conservamos, las oportunidades que siguen abiertas y las pequeñas alegrías de cada día.

La gratitud no cambia nuestras circunstancias. Cambia nuestra capacidad para ver lo que ya existe dentro de ellas. Y aquí es donde la fe nos lleva todavía más lejos. La gratitud cristiana no nace porque todo esté bien. Nace porque aprendemos a reconocer la presencia de Dios incluso cuando no todo está bien. En las cosas buenas y en las cosas difíciles, Dios sigue estando presente.
Cuando aprendemos a mirar con los ojos del corazón, descubrimos que Él ha estado ahí desde el principio: en los momentos de alegría y también en los de prueba; en las respuestas y también en las esperas; en las puertas que se abrieron y en aquellas que permanecieron cerradas.

Entonces dejamos de vivir en lo que nos falta y comenzamos a vivir en lo que Dios ya nos ha dado. Porque muchas veces aquello que buscamos desesperadamente no está fuera de nuestro alcance. Está frente a nosotros. En nuestra familia. En nuestros amigos. En nuestra historia. En los regalos cotidianos de cada día. Y en la presencia silenciosa de Dios que nunca nos abandona. Simplemente estaba fuera de nuestro enfoque.
Abrazo equipo…
Jorge Oca