Pedro no podía creer la mala suerte que había tenido últimamente.
Todo había empezado cuando su mejor amigo, casi un hermano, había muerto de una enfermedad terminal. Luego, su padre había perdido el trabajo cuando otra compañía compró el banco donde trabajaba. Su madre había salido a comprar cigarros y nunca regresó a casa. Su hermano había sido abandonado por su novia y su depresión parecía afectar a ambos. Después atropellaron a su perro. Y finalmente, aunque usted no lo crea, se incendió su casa.

Pedro pensaba que, en el fondo —y no tan en el fondo—, era una buena persona. Sentía que “cumplía” con Dios, a quien conocía desde niño. Creía que Dios le hablaba, que lo quería y que de alguna manera caminaba con él.
Pedro creía además, con todo su corazón en dos cosas.
La primera era que nunca había visto a su padre quejarse. Lo vio trabajar. Lo vio luchar. Lo vio levantarse una y otra vez. Lo vio sufrir. Pero quejarse… nunca. Simplemente no era lo suyo.
La segunda llegó un día de una manera inesperada.
Pedro asistió a una plática de José Luis Inciarte, «Coche», uno de los sobrevivientes de la tragedia de los Andes. Una de esas coincidencias que no tienen nada de coincidencia. Los temas fueron muchos, pero hubo uno que lo marcó profundamente. Después de la plática tuvieron la oportunidad de sentarse a tomar un café. Hablaron de todo y de nada. De la vida. De la familia. De Dios. De los negocios. De los problemas. De las alegrías.
«Coche» hablaba de cómo la tragedia de los Andes había transformado su forma de vivir. De cómo las cosas más valiosas de la vida suelen ser las más sencillas. De cómo la familia, los amigos, la salud, un plato de comida caliente, una cama donde dormir o simplemente un día más de vida pueden convertirse en tesoros cuando has estado tan cerca de perderlo todo.
—Mira, Pedro, le decía «Coche», Veo a la gente quejarse de todo. Que si su jefe. Que si su pareja. Que si su casa o auto necesitan arreglos. Que si esto. Que si aquello. Y no se detienen a pensar que tienen trabajo, que tienen una pareja, que tienen una casa. Que son inmensamente afortunados de tener techo, comida, salud o personas que los aman.
A veces pienso que la vida tiene que sacudirnos fuerte. Tiene que tirarnos del avión. Tiene que ponernos de cabeza para que despertemos y veamos lo que siempre estuvo ahí. Por supuesto que los días que estuvimos congelados, muriéndonos de hambre, sufriendo y haciendo lo indecible para sobrevivir, sufríamos y no entendíamos nada. No entendíamos el porqué. No entendíamos el para qué. Solo intentábamos sobrevivir.

Pero con los años aprendimos algo.
Aprendimos a agradecer. Aprendimos a valorar. Aprendimos a dejar de dar por sentado aquello que realmente importa. Y aprendimos que muchas veces las mayores bendiciones de la vida vienen disfrazadas de las pruebas más difíciles.
Recuerdo especialmente algo que me quedó grabado. «Coche» hablaba de la importancia de no vivir en la queja. Decía que cuando nos quejamos constantemente nos enfocamos en lo que nos falta. Magnificamos nuestras carencias. Y dejamos de ver las abundancias que tenemos enfrente. La queja nos instala en la escasez. La gratitud nos abre los ojos.
Pedro se quedó pensando. ¿Cuántas veces él mismo había vivido así? ¿Cuántas veces había permitido que los problemas ocuparan toda la pantalla de su vida? ¿Cuántas veces había olvidado agradecer?
Porque la queja constante no es solo una reacción; puede convertirse en una forma de vivir. Y cuando se vuelve una forma de vivir, deja de permitirnos ver las bendiciones que siguen ahí.
La queja cambia nuestro enfoque. Nos instala en la carencia. Nos convence de que nos falta algo para poder ser felices. Nos roba la capacidad de asombrarnos.
En cambio, vivir agradecidos cambia la perspectiva. No elimina los problemas. No borra el dolor. No evita las pérdidas. Pero nos permite descubrir que, aun en medio de ellas, seguimos teniendo muchísimo por agradecer.
Y entonces Pedro entendió algo. Tal vez la vida no se trata de esperar a que desaparezcan las tormentas para ser agradecidos. Tal vez se trata de aprender a agradecer incluso en medio de ellas.

Agradecer diariamente. Como manera de vivir. Como manera de mirar. Como manera de caminar. Porque quien agradece descubre riquezas donde otros solo ven carencias. Descubre bendiciones donde otros solo ven problemas. Descubre oportunidades donde otros solo ven obstáculos. Y poco a poco comprende que la felicidad no nace de tener más, sino de valorar mejor.

Vivir agradecido o vivir en modo queja. Esa sigue siendo, para Pedro, para Isabel, para Arturo, para ti y para mí, una elección diaria. Una elección que hacemos al despertar. Una elección que hacemos cuando las cosas salen bien. Y sobre todo, una elección que hacemos cuando las cosas salen mal.

Estate consciente.
Decide.
Y vívelo.
Porque la vida siempre tendrá motivos para quejarse.
Pero también, si abres bien los ojos, siempre tendrá muchísimas más razones para agradecer.
Y quizá hay algo todavía más importante. Con los años, Pedro también comprendió que no todo depende de él. Que por más que planee, se esfuerce, prevenga o intente controlar cada detalle de su vida, siempre habrá cosas que escaparán de sus manos.
No eligió la enfermedad de su amigo. No eligió la partida de su madre. No eligió el incendio de su casa. No eligió muchas de las tormentas que le tocaron vivir. Pero sí podía elegir cómo responder a ellas. Y poco a poco descubrió que detrás de cada capítulo, incluso de aquellos que nunca habría escrito para sí mismo, había una mano amorosa acompañándolo.
Una mano que no siempre evitaba el dolor, pero que jamás lo dejaba solo en medio de él. Porque la fe no consiste en creer que nada malo va a pasar. La fe consiste en creer que Dios sigue presente cuando sucede.
Que sigue guiando cuando no vemos el camino. Que sigue sosteniéndonos cuando sentimos que vamos a caer. Que sigue escribiendo una historia de amor incluso cuando nosotros apenas entendemos unas cuantas páginas.
No controlamos todo. Nunca lo hemos hecho. Y quizá esa sea una buena noticia. Porque significa que el peso del mundo no descansa sobre nuestros hombros.
Hay un Dios que nos ama. Que nos acompaña. Que nos cuida.
Y que, aun en medio de las tormentas, sigue conduciendo nuestra vida hacia un destino más grande del que alcanzamos a comprender.
Por eso, además de agradecer, confía.
Además de luchar, suelta.
Además de planear, cree.
Y cuando no entiendas lo que está pasando, recuerda que no caminas solo.
¡Abrazo equipo!,
Jorge Oca