La cosecha de una vida

Después de 36 años de trabajar en Pacífica, Eloín decidió dejar su encargo como director de Alimentos y Bebidas para dedicar más tiempo a su familia y a él mismo.

Los días anteriores a su partida estuvieron llenos de sentimientos muy intensos. Fueron días para agradecer, reconocer y honrar su vida. Días para recordar no solamente lo que hizo, sino, sobre todo, la manera en la que decidió vivir y servir durante tantos años.

Eloín nos ha enseñado con su vida algo que Jesús nos mostró de muchas maneras: el hombre termina cosechando aquello que siembra.

Durante toda su vida, Eloín sembró servicio, humildad, responsabilidad y una lealtad extraordinaria. Sembró con su presencia de mañana, de tarde y de noche. Sembró estando disponible, resolviendo problemas, atendiendo a los huéspedes y cuidando cada detalle. Sembró haciendo su mejor esfuerzo, aún en los días difíciles y cuando probablemente nadie estaba observando.

Y al llegar el momento de partir, tuvo la oportunidad de contemplar su cosecha.

Recibió innumerables muestras de afecto, agradecimiento, abrazos y palabras que expresaban todo lo que había significado para la vida de muchas personas. Colaboradores, compañeros y huéspedes le agradecieron aquello que hizo por ellos y la forma en que tocó sus vidas.

Pocas veces he visto a una persona disfrutar de tal manera la cosecha de lo que sembró. Eloín estaba extasiado, lleno y pleno. Tal vez nunca imaginó que tantos años de trabajo silencioso, entrega y lealtad habían dejado una huella tan profunda.

Dios nos ha dejado ciertas “reglas” que, aunque no siempre comprendamos, terminan produciendo fruto. La generosidad produce multiplicación. La diligencia abre caminos. El servicio crea vínculos. La lealtad genera confianza. Aquello que cuidamos, supervisamos y protegemos crece.

Pero también sucede lo contrario: la flojera produce escasez; el descuido deteriora; la indiferencia distancia, y aquello que no atendemos termina perdiéndose.

Dios puede regalarnos la semilla, la tierra, la lluvia y el sol, pero nos corresponde sembrar, regar, podar y cuidar. Puede darnos todo lo necesario para gozar de buena salud, pero sin ejercicio, alimentación y disciplina, los resultados difícilmente aparecerán. Puede brindarnos oportunidades para construir una vida financiera estable, pero sin ahorro, prudencia y perseverancia, esa estabilidad tampoco llegará.

No basta con rezar, tener fe o considerarnos buenas personas. La fe también necesita convertirse en decisiones, hábitos, esfuerzo y acciones concretas. Dios hace su parte, pero espera que nosotros hagamos la nuestra.

Por eso le aplaudo a Eloín. Porque su cosecha no fue producto de la casualidad. Fue el resultado de miles de días de trabajo, servicio, atención a los demás y lealtad. Con su vida nos ha demostrado que aquello que hacemos diariamente, aunque parezca pequeño, va formando silenciosamente nuestro destino.

Su partida también me hace preguntarme:

¿Qué estoy sembrando yo cada día?
¿Qué cosecha estoy preparando con mis palabras, mis decisiones y mi manera de tratar a los demás?
¿Si hoy terminara una etapa importante de mi vida, qué huella descubriría que he dejado?

Todos estamos sembrando algo, incluso cuando no somos conscientes de ello. Sembramos con nuestra actitud, con la forma en que miramos, con las palabras que pronunciamos y también con lo que dejamos de hacer. Cada encuentro es una semilla. Cada acto de generosidad, cada esfuerzo y cada gesto de cariño pueden permanecer en el corazón de alguien mucho tiempo después de que nosotros los hayamos olvidado.

La historia de Eloín me recuerda que una vida no se mide solamente por los puestos ocupados, los restaurantes abiertos, los eventos realizados o los problemas resueltos. Se mide también por las personas que se sintieron cuidadas, acompañadas y valoradas gracias a nuestra presencia.

Eloín querido: deseo que sigas cosechando abundantemente todo lo que has sembrado y que continúes sembrando en esta nueva etapa, para que la cosecha nunca termine. Disfruta a tu familia, cuida de ti y recibe todo el cariño que durante tantos años regalaste a los demás.

Y cuando llegue el momento de la cosecha definitiva, que puedas encontrarte nuevamente con tu madre, quien seguramente te espera en ese lugar desde donde ambos podrán seguir cuidándonos.

Mi respeto, mi admiración y mi enorme gratitud por haber iluminado nuestras vidas.

Abrazo cariñoso.

Inge Oca

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