Quince años después de haber corrido el Maratón de Chicago, regresé para acompañar a mi hija Pamela a correr el suyo. Las coincidencias, los recuerdos y las experiencias similares fueron muchos; pero nada me había preparado para reconocer, a través de esta carrera, cuánto ha evolucionado la vida.
Hace quince años yo era quien corría y mi familia me acompañaba. Esta vez me tocó estar del otro lado: mirar a mi hija luchar por su sueño, animarla y sentirme profundamente orgulloso de ella. Quizá así es la vida: algunas veces nos toca correr nuestra propia carrera y otras, acompañar a quienes amamos mientras corren la suya. Las dos experiencias pueden llevarnos a una meta y transformarnos profundamente.
Dicen que solamente un porcentaje muy pequeño de la población ha corrido un maratón. Y con razón. El tiempo de preparación, la decisión, la disciplina, la determinación y la perseverancia deben tomarse muy en serio. Para llegar a la meta es necesario superar el cansancio, el dolor, las lesiones y muchos momentos difíciles.
Pero quizá el reto más importante sea aprender a controlar la mente. Esa mente que, durante la preparación y la carrera, intenta convencerte de que lo que estás haciendo es innecesario, demasiado difícil o incluso imposible. Esa voz que busca proteger al cuerpo, pero que también puede terminar limitándolo.
Hoy, además, el maratón ha adquirido un significado todavía más profundo: la gente corre por un propósito. En realidad, corre por muchos propósitos.

Corren por alguna enfermedad que un familiar o un amigo tuvo o está enfrentando: cáncer, diabetes, infertilidad y muchas otras. Corren por personas concretas: por sus padres, sus hijos, sus hermanos, sus parejas o sus amigos. Corren por asociaciones civiles, religiosas y por causas que les han tocado el corazón.
Así, uno encuentra paredes enteras en las que miles de corredores plasman sus sueños, sus luchas y sus razones para llegar a la meta.
Con mucho respeto y admiración quiero compartir uno de los propósitos que escribió mi hija Pamela:
“Por los que no pueden…”
Desde que leí esas palabras, no he dejado de meditarlas.
Porque, sin duda, existen muchas personas que verdaderamente no pueden correr; algunas ni siquiera pueden caminar. Sin embargo, durante el maratón vi personas recorriendo la ruta en silla de ruedas; otras, con dos prótesis en las piernas, y algunas más, ciegas, corriendo acompañadas por un guía.

Eran personas extraordinarias que habían decidido no permitir que el “no puedo” definiera su vida.
Entonces entendí que correr “por los que no pueden” no significa solamente llevarlos en el pensamiento. También significa agradecer por aquello que nosotros sí podemos hacer y asumir la responsabilidad de hacerlo. Poder caminar, servir, amar, perdonar, comenzar de nuevo o perseguir un sueño es un regalo; pero también es una invitación a no desperdiciar la vida que hemos recibido.
También vi a muchísimos espectadores que quizá físicamente podrían haber corrido, pero cuyas mentes posiblemente les dicen: “Tú no puedes”.
Y entonces pensé que eso mismo nos sucede en la vida. En lugar de atrevernos a soñar, decidirnos, superar los obstáculos y avanzar hacia nuestra propia meta, muchas veces elegimos observar la carrera desde la banqueta.
Por supuesto que también necesitamos porras. Necesitamos espectadores generosos que apoyen, animen, donen, alimenten y se la rifen por quienes están corriendo. Cada persona tiene su propia vida y decide qué hacer con su tiempo y con sus posibilidades.

Mi reflexión es otra: que no dejemos de soñar y que, después de soñar, nos atrevamos a vivir y a cumplir nuestros sueños, porque sí podemos.
Ahí está el secreto, la trampa y también el gran desafío: nuestra mente termina decidiendo muchas de las cosas que creemos que podemos o no podemos hacer.
Ayer, una amiga de Pame me dijo:
“Hace un año, Pame no corría… y hoy terminó un maratón.”
¡Qué frase tan poderosa!

¿Qué cosas no haces hoy y que, dentro de un año, podrías estar haciendo, aunque muy pocas personas se atrevan a intentarlas?
¿Qué cosas haces, consumes o permites en tu vida que ya deberías dejar atrás?
¿Qué sueño has guardado durante años y ya es tiempo de perseguir?
Seamos parte de ese pequeño porcentaje de personas que encuentran un propósito para su vida y para cada uno de sus días. Personas que, a pesar de sus miedos, sus hábitos y sus propias limitaciones mentales, se liberan y se atreven a dar el paso: dejar la banqueta y unirse a quienes están persiguiendo sus sueños.
Tal vez nuestra vida espiritual también se parece a un maratón. Dios no nos pide correr la carrera de los demás ni llegar antes que nadie. Nos invita a ser fieles al camino que ha puesto delante de nosotros, a levantarnos cuando caemos y a recordar que nunca corremos solos. Como dice en Hb: “Corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante”.
Al final, Dios no nos pide tener todas las fuerzas ni conocer todo el camino. Solamente nos pide creer, confiar, soltar, hacer nuestra parte y dar el siguiente paso.
Como siempre, todo comienza con un paso…
¿Por qué no darlo hoy?
Abrazo, equipo.
Jorge Ocaranza