Gerardo y su camilla.

Gerardo estaba por terminar una conferencia por Zoom cuando sintió una punzada de dolor “diferente” a cualquier dolor que hubiese sentido antes. En menos de 10 minutos estaba revolcándose de dolor y le pedía a su esposa que lo llevase de inmediato al hospital. Sintió en el trayecto que se moría y no fue sino hasta que le dieron unos medicamentos en el hospital para que el dolor pudiera ser mas soportable. Después de unos estudios, le diagnosticaron que tenía una piedra en el riñón y le pidieron que se quedara un tiempo para observación.

Las cosas se complicaron porque al estar en tiempos del “bichito precioso”, no había cuartos disponibles, así que el buen Gerardo terminó acostado en una camilla en el pasillo que unía la zona de emergencias con terapia intensiva. Los primeros gritos de la señora de dos camillas hacia abajo de sus pies, le pusieron su piel “chinita” y casi se le paraliza el corazón. La señora gritaba con un sentimiento desgarrador y al parecer nadie le hacía caso. En las horas siguientes la escucharía a intervalos variados gritando, suplicando, sollozando. 

No era el único paciente que gritaba o se quejara. Pudo identificar en las siguientes horas a mas de 6 que sufrían increíblemente. Con los ojos cerrados escuchaba a enfermeros y doctores calmar, atender y a veces regañar al paciente, diciéndole que permaneciera callado.

Obviamente no permitían a ningún familiar estar dentro y no permitían celulares, ni nada. Los dolores del buen Gerardo iban y venían con intensidades increíbles y le decían que si no servían los medicamentos en las siguientes horas, tendrían que hacerle una intervención para quitarle la piedra.

Los dolores físicos eran terribles, pero los sicológicos eran peores. Los sonidos, olores, sentimientos y demás lo tenían haciendo un esfuerzo sobrehumano por sobreponerse. Hacía un verdadero esfuerzo por calmarse, por pensar positivamente, por pensar en que pronto terminaría, pero después de 16 horas en la camilla, su mente estaba ya muy cansada.

La noche fue terrible. Parecía que nunca terminaría. Se llevaron al viejo de la camilla de, junto quien  al parecer murió. Cuando movieron su camilla, golpearon a la camilla de Gerardo tan fuerte que casi se cae. Sentía que si se caía de su camilla, el fin sería seguro.

Lloró un rato, mas que por él, por el sufrimiento tan grande de tanta gente que estaba a su alrededor en sus camillas. Todos solos, todos llevando sus sufrimientos de la mejor manera posible. La angustia se sentía en el aire y sus dolores, aunque parecían ser menores, de repente le regresaban con toda la intensidad y sentía algo que nunca hubiera imaginado que existieran.

A las 34 horas de estar ahí estaba exhausto, pero por otro lado extrañamente imponiéndose a estar ahí. Seguía solo, seguía escuchando y sintiendo cosas terribles. De repente una señora mayor, sola y con un dolor muy fuerte en su pie (a sus 83 años se le había caído en el pie su horno de microondas) quiénse acercó a hablar con él, la que le preguntó su nombre, como se sentía… quién tuvo la calidad humana para hacer de buena samaritana y pasearse por las camillas intentando hacer más llevadera la vida a los demás…

Dos horas después le volverían a hacer estudios y lo dieron de alta. En los siguientes días, entraría y saldría del hospital de manera intermitente y respondiendo a los terribles dolores que la piedrecilla preciosa le ocasionaría en esos días.

Gerardo recuerda con muchas emociones su experiencia. Recuerda cuando se bajó de su camilla y regresaba con los suyos. Está mucho más consciente de cuanta gente está en estos momentos en miles de camillas en todo el mundo y en lo que deben de estar sufriendo. Piensa seguido en esa buena samaritana, que independientemente de su condición, se olvidó de lo suyo y se volcó hacia los demás.

Gerardo agradece a su Dios el que pueda estar de nuevo en casa con salud. Agradece por muchas cosas. Pide también por el sufrimiento físico y emocional de tanta gente.

Piensa mucho en lo frágil que es la vida y en como se encarga de sensibilizarnos el corazón para que seamos capaces de conectar con los demás, para no solo entender la compasión sino para abrir el corazón a este misterio…

Un abrazo fuerte a Gerardo y a tantos que sufren en “sus camillas”. En hospitales, en casas, en sus vidas.

Que Dios los bendiga.

Saludos,

Jorge Oca

Un comentario sobre “Gerardo y su camilla.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s