NUNCA ESTAMOS SOLOS

Nos dejó un dinghy – una lanchita – en una pequeña bahía cerca de La Paz. Iba con Marie, mi esposa, a caminar un rato y a ver el atardecer. La idea era caminar hasta el fin de la playa, cruzar por lo que parecía una pequeña montaña y salir a otra bahía en donde nos recogerían para ir a cenar. Perfecto plan, caminar, disfrutar y convivir.

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La primera parte de la caminata nos consumió una buena parte de lo que quedaba de luz, así que cada vez yo apretaba mas el paso, Marie me decía que la esperara. Cuando llegamos al final del estero, vimos que la “montañita” que teníamos que subir no era tan pequeña. Sabíamos que teníamos poca luz, que no sabíamos bien a bien por donde teníamos que ir, así que le entramos de frente a la montaña. La montaña no tenía camino y estaba llena de la flora de la península; cactus, espinas, arbustos bajos y todas las piedras del mundo. La pendiente era pronunciada y al tercer resbalón, nuestros corazones ya bombeaban en serio adrenalina, atención y preocupación. La luz se acababa y la colina no terminaba. Estábamos metidos en un gran aprieto que podría no terminar bien. Seguimos hacia adelante hasta que llegamos milagrosamente a un camino de terracería que iba de derecha a izquierda.

Obviamente discutimos sobre la mejor dirección y por supuesto que teníamos puntos de vista diferentes. La presión, la angustia, el miedo no te permiten luego pensar con claridad. Caminamos primero hacia donde yo decía y a los 10 minutos vimos que de hecho nos estábamos alejando mas, ( te lo dije ) así que cambiamos y rectificamos el rumbo y el camino nos fue llevando prácticamente hacia donde teníamos que ir. Yo venía calmando a mi mujer y al mismo tiempo agradeciendo a Dios que hubiésemos salido al camino. También le agradecía que trajera yo mi celular, cosa que no había ni tocado los últimos 6 días porque no había señal. Les hablé a mis amigos y como aún estábamos en la parte de arriba de la montaña, hubo señal. Les dije que estábamos perdidos y que bajaríamos al mar y que nos buscaran.

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Seguimos bajando con la iluminación del celular por el camino y no le dije a Marie que solo teníamos 18% de pila. Bajábamos lo más rápido posible, arañándonos con espinas, resbalando entre piedras sueltas, pero sabiendo que estábamos cerca del final. Logramos llegar al mar y justo nuestros amigos nos esperaban en una lancha para recogernos.

El siguiente problema fue que salimos a un lugar en donde teníamos unos 8 metros de despeñadero y no podíamos saltar al agua porque estaba poco profunda. Tendríamos que regresar y buscar otra bajada por otro lado. Fue como haber ya soltado el cuerpo y saber que nos esperaban más peripecias. La angustia y la preocupación se siguieron haciendo muy presentes.

Subimos como un kilómetro, porque de bajada habíamos visto que el camino se desviaba. Todo estaba completamente obscuro, solo y estábamos en zona de víboras y demás. La mente en estos momentos se pone a generar toda una serie de temas que es precisamente entonces cuando debemos calmarla.  Bajamos por el otro camino y estábamos completamente sudados, arañados, preocupados, pero seguíamos buscando la salida.

Se nos terminó el camino, así que ahora tuvimos que iniciar de nuevo la bajada por el monte, en medio de espinas y una pendiente muy empinada. Al tercer resbalón apretábamos todo. Vimos de lejos como se acercaba de nuevo otra lancha que nos buscaba y vieron nuestra luz. Se acercaron a nosotros y después de guiarnos a gritos, nos dijeron que por ahí tampoco lograríamos bajar. “Tienen que volver a subir y bajar mas adelante”, nos gritaron.

Momento de sentimientos encontrados. Por un lado estaban cerca de nosotros y apoyándonos y por el otro teníamos que seguirle buscando.

Volvimos a subir, a bajar, a volver a subir y entonces llegó una segunda lancha que con sus lámparas, ánimos y guía finalmente bajamos por una muy empinada pared que nos llevó a la playa en donde nos esperaban.

Estábamos exhaustos, drenados de toda energía, pero aparte de algunos rasguños y golpes estábamos perfectamente bien. Nos había salido muy barato el incidente.

Para mí fueron muchas, muchas enseñanzas.

  • En la vida, de repente te encuentras en situaciones que ni planeaste, ni buscaste, ni pediste. Por vivir y hacer, te puedes encontrar en situaciones difíciles. Acéptalas, trata de ser brutalmente realistaES LO QUE ES – y tener la mente abierta a lo que venga.
  • Muchas veces piensa uno que el problema o el reto ya terminó y resulta que aún falta arreglarlo o terminarlo. Estáte dispuesto a hacer lo que tengas que seguir haciendo, aún cambiando de estrategia, adaptándote o aceptando que te equivocaste. Todo el objetivo es terminar con el asunto. 
  • No mezcles otros asuntos, otros momentos u otras experiencias. Hoy tienes ESTE PROBLEMA y el tema es ARREGLAR este problema. Si tienes otros abiertos, ya los arreglarás en su tiempo. NO MEZCLES, porque tu energía se diluirá.
  • Parta mÍ, después de varios días de meditar sobre esto, la conclusión que mas me gustó fue comprobar que en todo momento NUNCA ESTUVE SOLO. Tuve la fortuna de estar conectado con mi Dios, o el Divino o como tu le llames y ahora me doy cuenta de que SIEMPRE estuvo ahí.  Lo de que me hubiese llevado el celular fue fundamental, lo de tener a Marie siempre conmigo me ayudó mucho. Habré resbalado una media docena de veces y me detuvo de haber seguido rodando para abajo. Luego nuestros amigos que escucharon y acudieron en lanchas, con linternas, cuerdas y toda la disposición.
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¿No será que en nuestras vidas, aunque estemos metidos en  verdaderos problemas, miedos, preocupaciones, tristezas terribles es que NO ESTAMOS SOLOS?

Piénsalo, creo que viviríamos mucho mas tranquilos, en paz y resolveríamos nuestros temas de mejor manera y con mucha menos energía.

¿Que opinas? 

Abrazo queridos,

Jorge Oca

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