La taza y El Alfarero.

El Alfarero estaba emocionado. Había conseguido un lote especial de arcilla selecta y como le había ocurrido muchas veces, pensaba que elaboraría las mejores tazas que jamás hubiera hecho. Su “receta secreta” en la mezcla exacta de plomo, estaño y unos óxidos metálicos que habían sido heredados de generación en generación nunca  cambiaba. Las arcillas eran las que le daban a cada lote el toque especial. Estas tazas serían increíbles.

La primera taza que nació de sus manos tomó conciencia de su ser apenas estuvo formada. Había un espejo en la pared, así que la taza se vio con toda claridad. Para ella, solo era una tasa con su asa de un barro grisáceo cualquiera. Para Él, era una obra de arte. La taza estaba viendo todo lo que había en ese ordenado taller y no se dio cuenta cuando el alfarero se acercaba para tomarla y meterla en un horno. Se asustó cuando le cerraron la puerta y se quedó a oscuras. Pero no fue nada comparado con el sufrimiento que experimentó cuando empezó a subir la temperatura. Primero se quejó, luego empezó a hablarle al Alfarero, hasta que le gritaba con toda su alma para que abriera la puerta y terminara esta experiencia tan terrible y dolorosa. Cuando ya no podía más y sentía que iba a estallar en mil pedazos, la temperatura empezó a bajar y su sufrimiento también.

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Nunca olvidaría cuando se abrió la puerta del horno y una brisa fresca la cubrió. No sabía si agradecerle o mentarle la madre al Alfarero por todo el sufrimiento que Él le había ocasionado. Era a todas luces injusto. Era incorrecto. Era una grosería.  Un ultraje sin duda.

Seguía la tacita descargando toda su furia contra el Alfarero, cuando vió su imagen en el espejo de la pared. No se reconoció. Era de un color blanco precioso. El barro se había convertido en una porcelana finísima y bellísima. La temperatura y la presión la habían transformado en algo magnífico y precioso. Había tenido que pasar por el horno para haberse convertido en lo que era … en lo que tenía que haberse convertido. Vió como otra taza era metida al horno y quizo gritarle para advertirle, para enviarle ánimos, pero no tuvo ni tiempo.

Luego el Alfarero la tomó y revisó con todo cuidado. Con unas herramientas la terminó de detallar y aunque también le molestó y un par de veces le dolió, la taza comenzaba a confiar en Él, así que lo dejó hacer. Luego Él tomaría una caja de colores de aceite y con unos pinceles, la empezó a decorar. Líneas, figuras y símbolos. La tacita no entendía, pero no se perdía de detalle alguno. Viéndose en el espejo, observaba como la pintura que le iban poniendo era bonita, pero realmente opaca. No se parecía en nada a los colores brillantes e increíbles que tenían unas tazas que estaban en la vitrina de la esquina.

La tacita era muy inteligente, así que tuvo un mal presentimiento. No tuvo tiempo ni de racionalizar su miedo. Todo sucedió muy rápido, el horno se abrió, el Alfarero sacó a la taza anterior que había sido convertida en porcelana y luego tomaba a la tacita y la volvía a meter al horno, para que los colores se fusionaran a la cerámica y la convirtieran en una verdadera obra de arte.

La tacita sufrió otra vez. La tacita gritó. La tacita lloró. Le rogó y le rezó al Alfarero para que la sacara ya del horno. Al mismo tiempo muy dentro de ella, confió en Él y supo que saldría siendo una taza bellísima.

¿Está fuerte el calor de tu horno?

¿Sientes que ya no aguantas más?

Vamos equipo.

Falta menos.

Saldremos siendo unas tazas transformadas, mucho más bellas y listas para cumplir con nuestro propósito.

Confía en el Alfarero. Él sabe lo que hace.

Jorge Ocaranza Freyria

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