Jordi

Mi nombre es Alberto y cuando la recepcionista me dijo que no estaba registrado en el hotel, no pude más y rompí en un llanto desconsolador. Tuvieron que ayudarme a incorporarme y sentarme en una silla porque literalmente no pude más y me quebré. Les platico…

Soy padre de Jordi. Un niño precioso de 5 años que tiene cáncer. Pero no cualquier cáncer. En el hospital donde lo tratan nos dicen que estamos perdiendo la batalla. Ya no tiene pelo, hemos resistido a muchos y diversos tratamientos y poco a poco ha ido empeorando.

Jordi es un niño especial y le gusta mucho jugar con Max, su perro y con sus hermanitos. Es jovial, yo diría inocente y en cierto sentido profundo para su edad. Ha manejado su enfermedad mucho mejor que nosotros. Sobre todo cuando cada mes que pasa las perspectivas son peores.

Tanto, que nos consiguieron unos días en un Hotel en Ixtapa para que fuéramos a vacacionar en familia. Sin duda sería la última vacación juntos. Para mi eterna mala suerte, el hotel nos confirmó en un fin de semana en donde finalmente conseguí trabajo y tengo que estar fuera. Le supliqué a nuestro contacto que el hotel nos cambiara de fecha, pero nos dijeron que viene el puente de muertos y que estaban llenos. La doctora nos dijo que la verdad es que no podíamos esperar más. Si queríamos viajar, pues tendría que ser ya. Ni modo, me perdería de lo que sería probablemente uno de los últimos fines de semana con mi querido hijo. Se irían los niños, mi mujer, mis cuñadas. Les daría un aventón mi compadre…

Desde mi viaje de trabajo, me enteré que se la estaban pasando de maravilla. Jordi nadaba con delfines, soltaba tortugas al mar y se la estaban pasando de lujo. Ellos salían del hotel el domingo y milagrosamente la chamba que tenía, finalizó un par de días antes.

Si lograban extender su estancia un par de días, tendría yo chance de ir. El hotel nos confirmó y compré mi boleto de camión de regreso.

Después de 14 horas de camión, me dispuse a comprar el último tramo de 5 horas para ir de Morelia a Zihuatanejo. Me dijeron que las siguientes corridas se habían suspendido por culpa de un huracán que estaba entrando a Ixtapa. Cuando parecía  que todo estaba perdido y que me quedaría ahí, la vendedora de boletos se acercó y me dijo que había una salida en 4 minutos a Lázaro Cárdenas. Que el huracán “venía retrasado” y que lo tomara. Fue un milagro porque fue el último boleto y la carretera estaba desierta. De hecho llegamos a la última caseta en donde te desviabas a Lázaro o a Ixtapa y ahí me dijo el chofer que si quería llegar a Ixtapa, que ahí me bajara. Eran las 10 de la noche y cuando toqué el pavimento, sentí el aironazo a todo lo que daba. La señorita de la caseta me dijo que la carretera ya estaba cerrada y qué pretendía hacer ahí parado. Le comenté sobre Jordi y cómo tenía que llegar a mi familia. Moviendo la cabeza de un lado para otro me dijo que no me podía quedar ahí parado en medio de la tormenta. Me guió junto con todos los que quedaban en la caseta y nos subimos a una pick up. Fuimos al pueblito mas cercano y terminé en la casa de Justino, su hermano, un talachero que vivía en una casita muy modesta y que ya estaba muy tomado.

Pasé una de las peores noches de mi vida; la tormenta fue horrible. Se rompieron los vidrios de la cocina, volaron láminas y mas láminas y totalmente empapado y temblando vi como todo estaba caído y destruido. No eran ni las 7 de la mañana cuando una pick up de la policía de Zihuatanejo tocó el claxon para que saliera Justino. Necesitaban un par de llantas extras porque debían regresar de inmediato a Zihuatanejo y auxiliar a la población. Me acerqué, les platiqué, les rogué y cuál sería mi cara que unos minutos mas tarde estaba yo sentado en la caja de atrás finalmente esperando llegar a ver a mi hijo.

Normalmente hace uno el recorrido en 40 minutos, ahora nos tomó mas de 5 horas. Perdí la cuenta de la cantidad de árboles caídos que tuvimos que evitar y quitar de la carretera para poder seguir adelante.  En un par de ocasiones juré que no habría manera de qué pudiésemos seguir. Solamente porque los policías tenían que llegar y porque eran de la región y conocían veredas y atajos. En ocasiones hicimos lo inenarrable y poco a poco nos fuimos acercando a nuestro destino. De hecho, faltando unos 10 kms a Ixtapa es que nos encontramos con un derrumbe que nos tomaría un par de días para quitar. Mojado, exhausto, frustrado pensaba en lo cerca que habíamos llegado. Viendo a los ojos a mis nuevos amigos, tomé mis cosas y me dispuse a caminar lo que faltaba por llegar. Cuando pude rodear el derrumbe, me encontré con una patrulla de la policía que acababa de llegar de Zihua y que inspeccionaba el derrumbe. Les dije que sus compañeros estaban del otro lado también bloqueados. Quince minutos después íbamos todos encima de la patrulla pick up hacia Zihua. Los 10 kilómetros faltantes fueron una pesadilla. Cada uno fue un logro. Zigzagueando, rodeando, jalando, cortando, empujando árboles y más árboles. Dos horas después me dejarían en la puerta del hotel y se despedirían de mí con mucho cariño y entusiasmo.

Fue así como completamente maltrecho llegué caminando a la recepción.

De hecho, el hotel era un desastre. Las calles estaban completamente llenas de arboles. Tuve que pasar por debajo de algunos y por encima de otros. Así que cuando llegué a la recepción y me dijeron que no podía pasar porque no me tenían registrado es que no pude más.

Pasó mas de una hora para que pudiera dejar de llorar y temblar como un niño pequeño que lo único que quiere es a su mamá que lo abrace fuerte, larga y tiernamente.

Me pusieron una cobija y ya calmado me llevaron con mi Jordi y mi familia.

Milagrosamente al día siguiente salió el sol. El día era increíble. El mar era bellísimo. Sentía como me dolía mucho el cuerpo y el alma. Pero no sé como, no dejaba de agradecer, de voltear para arriba y decirle a Dios que estábamos en sus manos. Era lo que era. Sería lo que sería. Él siempre estará con nosotros.

Abrazo con todo mi amor para Jordi y su familia.

Jorge Oca

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