El Tuerto, José, Miguel y Carlos.

El Tuerto estaba como siempre de muy mal carácter. Era uno de los cocodrilos que vivía en el estero que desembocaba en el mar. Era un macho adulto que en su momento luchó por ser el líder, pero fue derrotado por Dominga, célebre cocodrila que dominó al estero durante muchos años. En una de esas batallas, el tuerto perdió un ojo y su vida cambió para siempre.

José es un niño de 6 años que recién entró a la primaria. Vive en una de las colonias pobres de Zihuatanejo junto con su hermana y sus padres. Por vez primera desde que empezó la pandemia, su madre los llevó a la playa para que pudieran correr por la playa.

Miguel, el salvavidas, está feliz porque acaban de permitir que la gente pueda caminar de nuevo por las playas. Los primeros turistas y locales han empezado a llegar y el volver a la normalidad lo tiene muy contento y emocionado.

Carlos es el enfermero del hotel. Viene huyendo de Venezuela y ha encontrado en México una nueva familia de trabajo, cálida que aprecian, respetan y valoran mucho sus conocimientos y aportaciones para la salud.

El Tuerto estaba hambriento. No lograba calmar su hambre. Máxime que habían pasado como tres meses en donde los humanos parecieron esfumarse. Es cierto que el sabor del estero mejoró notablemente y que el ruido y la contaminación eran casi nulas. Escuchó un chapoteo del otro lado de la malla de protección y dirigiéndose hacia el lindero, pudo ver a un niño  jugando con la arena. Nunca supo que lo detonó, pero mordiendo y agitando violentamente una parte de la reja, logró abrir un espacio por el que su cuerpo de casi 3 metros, atravesó y comenzó a nadar hacia el niño justo debajo de la superficie.

José estaba jugando con la arena haciendo un castillo. José sintió de repente que algo muy grande  le mordía la pierna y lo jalaba a toda prisa al agua mas profunda del estero. Quiso gritar, pero solo alcanzó a tragar mucha agua. Luego sintió como el cocodrilo lo soltaba y casi de inmediato lo volvía a agarrar del hombro. El dolor era insoportable y seguía queriendo gritar y seguía tragando agua. José vio toda su vida pasar frente a sus ojos en unos segundos y de repente todo se puso negro.

El salvavidas escuchó unos gritos de alarma de una señora y corrió de inmediato al estero. Ahí se percató como un cocodrilo arrastraba a un niño hacia la reja y solo se veía uno de los pies  fuera del agua. Había un muro de unas jardineras y tomando las piedras, se las comenzó a aventar a la espalda del animal que se escapaba con el niño. La tercera piedra, la más grande fue la que salvó al niño. Miguel la tiró con una fuerza que nunca pensó que tenía y sintió como daba justo atrás de la cabeza de la bestia y como en ese momento soltaba al niño.

El Tuerto no podía creer en su suerte. Había podido agarrar desprevenido al pequeño humano y estaba asombrado de la poca resistencia que había dado. Estaba justo llegando a la reja, cuando sintió la primera pedrada en la espalda. Aceleró el paso y sintió la segunda. Y luego la cabeza del niño pegó con la reja. El agujero que había hecho no era suficiente para que los dos pasaran. En ese instante, el Tuerto sintió un dolor intenso en la base del cráneo. Justo donde la traicionera Dominga le había enterrado sus colmillos tiempo atrás. Soltó al niño y cruzó la reja para alejarse de quienes lo agredían.

Miguel y un paramédico sacaron al niño del estero y le iniciaron el protocolo de RCP – reanimación cardiopulmonar – .  El niño estaba inconsciente, sangrando de la cabeza, de la espalda, brazos y piernas. No respiraba y debían actuar de inmediato. El tiempo empezó a transcurrir como en cámara lenta. Mientras el salvavidas le aplicaba respiración de boca a boca, el huésped paramédico apretaba el corazón rítmicamente. A las cuatro bocanadas del salvavidas, el niño comenzó a convulsionarse y mucha espuma le empezó a salir de la boca.

Carlos aventó su botiquín desde el puente y brincó al agua. El niño estaba catatónico. Sus labios también. Puso al niño de lado y después de algunas compresiones, el niño vomitó el agua que tenía dentro y logró respirar un larga bocanada de aire cálido.

José de repente vio una luz a lo lejos, una como ventana que se abría y por la cual pasaba a través de ella. Sintió al mismo tiempo todo. Como vomitaba un líquido salado y amargo. Como le dolían y ardían muchas cortadas en todo su cuerpo y como un terrible miedo al cocodrilo se apoderaba de él. Lloró y lloró. No comprendía mucho, pero algo le decía que todo estaría bien y que algo milagroso recién acababa de suceder.

El Universo, Dios, los Ángeles, Miguel, el huésped paramédico y Carlos le habían salvado la vida.

Nuestro reconocimiento, respeto, aprecio y agradecimiento a estos héroes que haciendo su trabajo le permitirán a José seguir viviendo y haciendo sus castillos de arena.

Saludos,

Jorge Ocaranza Freyria

2 comentarios sobre “El Tuerto, José, Miguel y Carlos.

  1. Diana Cecilia López

    Qué terrible historia, gracias por la crónica, estaba muy preocupada por José. Dios te bendiga. Abrazo fraterno y mi solidaridad incondicional.

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