Cuento de Navidad

Rubén estaba asustado. No se le notaba, porque desde pequeño había logrado engañar a propios y a extraños. Era un mago para parecer que todo estaba en control. Rubén era una ardilla de las nieves. Vivía cerca de las cumbres de las Rocallosas en Montana y tenía el pelaje blanco como la nieve. Lo único que tenía negro eran su nariz y las cejas.

En verano la vida era bella y placentera. Había suficiente comida, amigos y diversiones. En invierno cambiaba todo. Escaseaba la comida, aumentaban los depredadores y había que estar muy listo para encontrar comida y lograr no ser comido. Literal.

Rubén era un desastre. Por más que sus padres, sus hermanos y sus amigos le rogaban que hiciera lo que cualquier ardilla de las nieves inteligente y prudente hiciera, no les hacía el menor caso. A Ruben le daba igual.

“Tienes que guardar nueces y raíces para el invierno”, le habían repetido hasta el cansancio.

“Tienes que comer menos porque con esa panza te alcanzará más fácil el zorro y el águila.”

“Tienes que dejar de tomar la sábila del abeto azul. Te embrutece y pone en peligro.”

“Tienes que hacer un plan.”

“Tienes que trabajar.”

“!Tienes, tienes, tienes!”

“!Basta!” decía Ruben .

En los pasados inviernos, Rubén había corrido con demasiada suerte y milagrosamente había llegado hasta la primavera. Pero este invierno era diferente. Las nieves y las tormentas habían llegado antes y con una fuerza descomunal. Estaba más Gordo que nunca y sus rodillas ya le dolían mucho. No podía dejar de pensar en la miel del abeto azul y sabía que no la encontraría hasta los deshielos.

Todos le habían advertido que se las tendría que arreglar solo durante este  invierno. Estaba francamente asustado. Tan asustado que hasta le costaba trabajo respirar.

No la vio venir hasta que fue demasiado tarde. Mugrosa águila marrullera. Había volado muy bajo y sólo porque se le doblaron a Ruben las rodillas es que no se lo llevaría a la primera pasada. Pero lo había agarrado en un lugar en donde no había nada que hacer, más que aventarse por la ladera de la montaña. Sin duda que era un suicidio. Viendo como el águila giraba y regresaba por él; la gorda, desobligada y egoísta ardilla corrió y se aventó al abismo.

Cayó fuertemente en la ladera llena de nieve y casi se quedó sin aire en los pulmones. Lo que siguió fueron casi 30 minutos de giros, tumbos, vuelcos y más tumbos. Se convirtió en una bola de nieve que luego provocó un par de grandes avalanchas. Hasta que el buen Rubén perdió el conocimiento mucho antes de que terminara de caer y seguir cayendo.

No sabía si estaba dormido o despierto. Si estaba vivo o ya en el cielo de las ardillas de las nieves. Lo que sí sabía es que le dolía terriblemente la cabeza, una rodilla y que percibía un olor nuevo y delicioso. Sus tripas rugieron de anticipación y poco a poco fue incorporándose. Estaba obscuro, y veía unas luces que tintineaban a lo lejos. Poco a poco fue caminando hacia las luces y pudo percibir tres formas de animales que no conocía. Tenían dos patas, dos brazos y su pelaje era de colores y francamente extraño.

Dos eran mayores y tenían a su cachorro que tenía unos cabellos dorados como el sol. Los mayores le ladraban a la menor y esta corría alejándose de ellos hacia dónde estaba Rubén. Llegó a escasos metros de la ardilla y se sentó a tallarse los ojos con sus manos.

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Luego abriría una bolsa y comenzaría a comer unos como triángulos que tenían unos trozos de algo blanco. La cachorra comenzó a comer esos triángulos y el olor le llegaba fuerte y claro a Ruben. Tanto que un fuerte retortijón se escuchó y la cabeza de la güera volteó a ver de dónde venía el ruido.

Los dos se quedaron mirando fijamente a los ojos y nadie ni pestaneó durante un tiempo que a los dos les pareció muy largo. La criatura de cabellos dorados estaba encantada con la ardilla de las nieves. Era blanquísima y se podía ver que estaba lastimada.

Rubén pensaba que si salía corriendo, sería de inmediato atrapado y devorado ahí y entonces. Su corazón latía salvajemente y por unos instantes pensó que le daría un ataque ahí mismo.

Nada sucedió hasta que la niña le ofreciera un pedazo de su pizza. Ruben se hizo el súper remolón, pero estaba tan hambriento que ya casi no le importaba nada. Él dio unos pequeños pasos, ella se acercó hasta que probó lo que sería su primer bocado de pizza en su vida. La explosión de sabor que tuvo fue de las cosas más maravillosas que habría experimentado. Hasta que después probara el chocolate, unos dulces y lo que sería su perdición; las donas glaseadas.

La niña venía con sus padres y acampaban al pie de las grandes montañas. Venían en su camper y trataban de atender a su hija Remy en todo lo que fuese posible. La habían diagnosticado con un extraño padecimiento renal y le quedaban – según los doctores – menos de un par de meses de vida.

Remy,  regresó al camper y poniendo a Rubén en una canasta, lo metió a su cuarto y no volvió a salir hasta el día siguiente. Los padres la dejaron estar y solo le tocaron para que se tomará su medicina. Increíblemente, Remy abrió la puerta a la primera, se tomó su asquerosa y terrible medicina y volvió a encerrarse en su cuarto.

Remy y Rubén se hicieron inseparables desde esa primer noche. Durmieron abrazados, calientitos y ambos no podían creer la suerte que habían tenido. Por primera vez, Remy no pensaba en tu terrible enfermedad y Rubén comía a sus anchas y sentía un cariño que nunca antes había sentido. Los días transcurrieron muy rápido y canasta en mano, Remy llevaba a Rubén por diferentes partes del parque en el que estaban acampando.

Los papás notaron el cambio de humor en su hija y estaban encantados. El color de su cara había mejorado notablemente y parecía que hasta  estaba ganando algo de peso. No se acordaban de cuando había estado de tan buen humor su hija. Estaba francamente alegre. Lo curioso es que no había señal de celular en esta zona y ni siquiera lo había necesitado para estar tranquila y ocupada.

Habían alargado su estancia y pensaban que el aire de los lagos y montañas era lo que había tenido tal efecto en Remy. Hasta que a media noche del último día, el gordo de Rubén que había comido casi dos donas glaseadas, soñaba que lo perseguía un águila pinta.

Tales fueron sus gritos de desesperación que despertaron al padre de Remy.  Curiosamente ni su hija ni su mujer se habían despertado. Al entrar apresuradamente al cuarto de su hija y verla abrazando a una ardilla blanca, medio entendió muchas cosas que no había entendido en los días que habían transcurrido en sus vacaciones. Los paseos de su hija con la canasta, sus carcajadas constantes, su cambio de humor; lo que parecía un claro milagro.

Richard no pudo volver a dormir y estuvo meditando hasta que amaneció. Él daría la vida por su hija sin dudarlo y ahora tendría que tomar decisiones importantes por ella. Lo de llevarse a la ardilla blanca no tendría chiste. Un poco por la madre que siempre había odiado a las ratas.  El tema es que su hija estaría internada un largo tiempo y no creía que el hospital fuera a aceptar tener una ardilla salvaje.

Pensaba en cómo disfrutaba ver tan feliz a su hija. Hacia mucho tiempo que no la había visto así. Veía como siendo feliz, la hija no había pensado en lo triste y enferma que estaba. Al no pensar en ella, era feliz y se hacía un círculo que tenía a su hija como nunca la había visto. Esa felicidad había contagiado a todos.

Su mujer al principio no entendió nada de lo que él le decía, pero con calmita y paciencia, ella comprendió y estuvo de acuerdo. En el desayuno, la mamá puso 4 lugares en lugar de 3. Cuando Remy preguntó que quien sería el invitado, ellos le dijeron que estababien que su nuevo invitado  desayunará con ellos.

Remy no entendió a la primera, pero luego su papá le dijo que había entrado a su cuarto y había visto a una ardilla gritar en sus sueños y que había entendido muchas cosas. Estaban de acuerdo en que fuera parte de la familia.

Remy lloró desconsoladamente porque no sabía cómo manejar el tema de Rubén. Lloró de felicidad, lloró de miedo porque sabía que seguía el hospital y lloró porque sus padres la habían entendido tan bien.

Rubén entendía que no entendía nada. Pero entendió perfecto cuando le pusieron una dona en su canasta. Fue la primera vez que comieron todos juntos.  Rubén no  sabía si Remy estaba bien o estaba mal. Lloraba mucho pero no dejaba de abrazarlo.

El día siguiente recogieron todo el campamento y lo metieron y acomodaron en el camper. Remy estaba muy callada y Rubén sentía que ella lo necesitaba y que algo iba a ocurrir. Remy quería que Rubén se fuera con ella, pero entendía que la casa de Rubén estaba en la nieve. Caminó con él  hasta donde llegaban los primeros nieves y señalando hacia arriba, le decía a Rubén que ella debía regresar a la ciudad y que debía dejarlo ahí.

Ruben no quería regresar a la fría nieve, a ser perseguido por águilas o zorras. No se perdería por nada de las deliciosas donas glaseadas o de la Nutella. No señor. Así que por más que Remy hacía por deshacerse de él, más nervioso lo ponía. Tanto que le dio un verdadero ataque de pánico y no terminó de temblar salvajemente sino hasta que Remy lo abrazó y le  habló dulcemente durante un buen rato.

Los padres vieron regresar a Remy y a Rubén siguiéndola a muy corta distancia. Entendieron de inmediato y partieron hacia la cita de Remy en el hospital. Llevaban casi una semana de atraso. Tendrían que ir primero al laboratorio y hacerle toda su serie de pruebas y exámenes.

Decidieron meter a Rubén en la canasta de Remy junto con unas muñecas. Le pusieron un gorrito blanco como el y le dijeron que se quedara muy quieto. Ruben no se movió porque estaba aterrorizado con lo que veía pero sobre todo con lo que olía.

Remy no soltaba su canasta y le sacaron sangre y tomaron como siempre muchas placas y más placas. Su doctora había estado muy enojada por la tardanza tan grande con la que habían regresado, pero cuando vio lo repuesta que estaba Remy, no dijo nada.

Habían conseguido una donadora de un riñón y por la tardanza, otra niña lo había recibido. Remy no aguantaría mucho más sin un próximo transplante .

A día siguiente, la doctora les pidió muchas disculpas y tuvieron que hacerle de nuevo sus estudios. Los resultados habían sido erróneos. El día anterior tuvieron la fiesta de empleados del hospital y algo había salido mal. Hoy era Noche Buena y tendrían que hacerlos de inmediato ya que muchos empleados irían a sus casas.

Estaban los padres de la niña con Remy y Ramón en su canasta esperando en la sala de espera cuando la doctora entró con muchos papeles en las manos. “Remy, querida, no entendemos lo que ha pasado. Tus análisis de sangre están casi bien y tus riñones han empezado a trabajar correctamente. No creemos que necesites tu transplante. No tenemos idea de lo que ha sucedido.”

En un instante todo sucedió. Remy abrazó a Rubén, la doctora gritó, la mamá se desmayó, unas enfermeras entraron con los gritos y el papa trataba de tranquilizar a todo mundo y explicar lo que sucedía.

Ruben seguía sabiendo que no sabía. Pero ahora sabía que no sabía algo importante que le había ocurrido a  la niña. También sabía que él había cambiado y que no sería el mismo jamás. El amor que había nacido en su corazón gracias a Remy lo habían cambiado para siempre.

El padre de Remy sabía que Rubén había ayudado en este milagro. Remy sabía que estaría bien y que nunca más se despegaría de Rubén.

El ángel de la guarda de Remy sonreía.  También sonreía el ángel de la guarda de Rubén. Curioso, también había ángeles medio gordos y medió desastrosos. Siempre se parecían a sus “encargados”.

Los ángeles habían cumplido con su cometido. Habían participado de nuevo en los múltiples milagros que El Señor regalaba cada Navidad. Como en  muchas otras ocasiones, lamentaban lo que tendrían que hacer a continuación. Regresarían a sus “encargados” a vivir como si nada de esto hubiese pasado. La lección se quedaría guardada en su esencia. La niña continuaría su vida sin su enfermedad y con un agradecimiento y generosidad diferentes a las que tenía. La ardilla sería un miembro muy diferente de su comunidad. Cambiaría por dentro y por fuera. Sería  utilizada de nuevo en caso de que su ángel o algún otro ángel requiriera de sus servicios.

Junto con Remy y con Ramón, miles de almas despertarían ese 25 de diciembre siendo personas y animales completamente diferentes. No recordarían absolutamente nada de lo que les sucedió, pero en el fondo serían diferentes.

Te deseo una feliz nochebuena y un dulce y diferente despertar esta Navidad. Que El Señor nos regale muchos milagros esta Noche Buena.

Que le pedirías para ti?

Que le pedirías para alguien más?

Con cariño.

Jorge Ocaranza Freyria

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