La última cacería.

Aún no amanecía y estábamos listos. Estábamos forrados porque hacía mucho frío. La laguna tenía una gruesa capa de neblina y las lanchas que nos llevarían a los puestos de patos estaban listas. Nos acabábamos de tomar un café caliente y mi papá estaba listo para una de sus mas grandes pasiones; cazar patos. Esta mañana era especial porque venía María con nosotros. Había finalmente aceptado acompañarnos y veía en su cara que se daba cuenta de que se había equivocado.

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Nos habíamos levantado antes de las 4 de la mañana y ahora hacía un frío realmente fuerte. Mi papá cojeaba un poco y ya le costaba un poco cargar su escopeta, su mochila y los decoys. Me llamaba la atención como nunca se quejaba; era como si procesara todo en su cabeza y saliera de él una ligera sonrisa; todo estaba bien.

Llegamos al puesto unos minutos antes del amanecer y pronto comenzaron a pasar los patos. El doctor parecía disfrutar más el verme tirar y enseñarle a María sobre los diferentes tipos de patos y como tirar. Ese día tiró poco y disfrutó mucho. Era como si supiera que probablemente sería una de sus ultimas cacerías.

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Me volteaba a ver y veía que quería decirme que había disfrutado mucho tantas cacerías que habíamos pasado juntos. Asentía afirmativamente su cabeza y lo sentía agradecido con la vida, con Dios por haberle dado el privilegio de disfrutar tanto la naturaleza, las cacerías y a su hijo.

En un momento dado le vi derramar una lágrima que supuse era de agradecimiento y recuerdo como lo vi con su escopeta cargada, ver a los patos pasar a tiro a su derecha y a su izquierda. Finalmente contemplaba con profunda admiración la gran bendición de estar ahí, con su hijo, con su nieta y con sus adorados patos. No necesitaba nada. Ni siquiera tirar, ni siquiera pensar; sólo absorber y contemplar lo maravilloso de la vida.

Te extraño jefe querido. Después de 8 años que te fuiste a cazar al cielo, recuerdo con gran cariño esas mañanas preciosas que pasamos juntos. Esos lugares tan maravillosos a los que fuimos en donde logramos conectarnos. Siempre te admiré mucho. Te aprendí mucho de lo que soy. Gracias a Dios por haberte puesto en mi vida. Te quiero y espero algún día seas mi guía, ahí en donde ahora habitas.

Para los que aún tienen la fortuna de tener a sus padres o a gente muy querida con ustedes, aprovechen la terrible bendición que hoy todavía tienen.

Abrazo cariñoso,

Inge Oca

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