Lucía despertaba más cansada de lo que se había acostado. Había sido una noche en donde su mente no la había dejado dormir. Se sintió muy mal de no poder controlar “a la loca de la casa”. Le chocaba que su mente “le ganara”. Se vio al espejo y le chocó lo fea que había amanecido esa mañana. No podía creer como le molestaban varias partes de su cuerpo. Sus piernas, su busto y su cintura eran una calamidad. Por no decir una vergüenza.

Se le había olvidado conectar su teléfono en la noche y no tenía pila. En verdad es que era muy tonta. Se acordó que no había mandado esos mensajes para una amiga y su mamá. Era sin duda una mala hija y una muy mala amiga. La ropa que se puso la hacía ver de poca categoría. Con razón la habían dejado. Sin duda que no se merecía mucho. Era lo que era y ella era poco.
Pasó por su amiga Clarita para ir al trabajo. Clarita era guapa, distinguida y especial. Pero no la trataba bien. Todos los días le llamaba la atención, la criticaba y ya estaba siendo muy pesado estar con ella. Lucía sabía que estaba acercándose al momento en donde no la aguantaría más. Ese día, el tráfico estuvo más que espantoso. Clarita venía más crítica y más juzgona que de costumbre.
Lucía pensó : “¿Qué necesidad tengo de venir aguantando a alguién que sólo me trata así? Yo con gusto la llevo, pero no voy a aguantar ni un día más esto.» Así que llegando al trabajo, le dijo a la “dulce” amiga: “Hoy ha sido el último día en que paso por ti, a partir de mañana no lo haré más. Hasta luego baby”.

Lucía la dejó en la puerta de las oficinas y fue a estacionarse. Le costó trabajo estacionarse en un lugar entre dos camiones. Comenzó a escuchar esa crítica de su “amigo” interno que le decía: «eres pésima para estacionarte». Lucía se quedó helada al darse cuenta de que internamente tenía a una voz, a un “amigo” que había adquirido el hábito de tratarla mal día y noche. La juzgaba, la criticaba y de ninguna manera la hacía sentir bien o le echaba porras. Sintió como se le ponía roja la cara de coraje e indignación y se dio cuenta de como la hacía sufrir, no estar bien y demás.
Así que le dijo con firmeza y claridad a su amigo interno: “Hasta la vista Baby”. No me sirves, no me ayudas. Ciao, bye…
Fue un trabajo interesante y muy provechoso para Lucía. El cambiar el hábito de no dejar entrar al amigo y comenzar a alabarse y reconocerse desde que abría los ojos. “Lucy, eres una chingona, Lucy; tu mente es maravillosa. Lucy; tu salud es completa y tu cuerpo es precioso. Lucy;me encanta como tratas y quieres a la gente.» Poco a poco, Lucy fue queriéndose cada vez más hasta que su autoestima subió y subió… Aceptaba cuando alguien le hacía un cumplido y comenzó a sentir el cambio en su vida.
Un día le presentaron a un amigo y fue una cita diferente. De alguna manera ya no buscaba «desesperadamente» que la validaran o reconocieran. Así que disfrutó y la otra persona sintió una energía diferente de Lucía. Una energía muy atractiva por cierto. Para Lucía, la cita tenía un objetivo diferente. Ella ya se quería…

Lucía sonrió; de alguna manera y su nueva autoestima estaba atrayendo personas, situaciones, abundancia… que interesante.
Saludos equipo,
Jorge Oca
Anónimo
Gracia mi querido Oca. Cómo siempre aprendiendo de ti y como siempre lindo hoy me cayo como anillo al dedo ya me estoy queriendo.
Nos vamos a ver el jueves?
Espero que si me dará mucho gusto.
Saludos.
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Anónimo
Así debemos de decirle a personas y situaciones tóxicas: “hasta la vista baby”…
Muchas felicidades Jorge, otra gran historia de meditación…
un abrazo
Victor Fernandez
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