Sin instrucciones… El tiempo de las pérdidas.

Hay etapas en la vida que parecen estar marcadas por las pérdidas.

Personas que amamos se van.
Proyectos que soñamos no suceden.
Etapas que nos daban seguridad terminan.

Hubo una vez un hombre que durante muchos años dedicó su vida a construir un pequeño negocio. Ahí había puesto su tiempo, su esfuerzo y muchos sueños. Con los años el lugar se llenó de historias: clientes que se volvieron amigos, conversaciones largas, risas, preocupaciones compartidas.

Ese negocio era parte de su vida. Pero la vida tiene sus estaciones. Un día las cosas cambiaron. Los números ya no dieron. El negocio tuvo que cerrar. El hombre cerró la puerta por última vez. Las luces se apagaron. El lugar quedó en silencio.

Mientras caminaba hacia su casa sentía que una etapa completa de su vida se había terminado. Y en medio de ese mismo tiempo de cambios, también sucedió algo más. La persona que más había amado —quien lo había acompañado en tantos momentos de su vida— también se fue.

La casa quedó más silenciosa. Las rutinas cambiaron. Las conversaciones dejaron de suceder. Por un tiempo el hombre pensó que la vida le estaba quitando demasiado. Pero con el paso de los meses empezó a descubrir algo. El negocio había cerrado, pero todo lo que había aprendido seguía dentro de él. Y la persona que amó ya no estaba físicamente, pero el amor que habían compartido tampoco se había ido. Entonces entendió algo que nadie le había explicado antes.

En la vida hay etapas que terminan. Puertas que se cierran. Personas que continúan su camino. Pero lo que realmente hemos vivido —lo que hemos amado, lo que hemos construido en el corazón— eso no desaparece. Eso se queda formando parte de quienes somos.

Uno se queda con una sensación extraña, como si algo dentro se hubiera roto. Nadie nos explica bien qué hacer con esas pérdidas. Nadie nos enseña cómo atravesarlas. Por momentos quisiéramos detener el tiempo, regresar las cosas a como eran antes. Pero la vida tiene su propio ritmo… y sigue avanzando.

Con los años el alma empieza a entender algo. Que las pérdidas también forman parte del camino. Que cada despedida abre un espacio nuevo dentro de nosotros. Un espacio para recordar. Para agradecer. Para madurar. Porque lo que realmente ha sido amor… eso no se pierde. Se transforma.

Y así, poco a poco, el alma aprende a caminar también con las ausencias. A aceptar que todo lo que llega a nuestra vida es prestado por un tiempo.

Personas.
Momentos.
Etapas.

Y que parte del aprendizaje de vivir es aprender a amar… sabiendo que un día también habrá que soltar.

Tal vez por eso venimos a esta vida sin instrucciones… para que el alma aprenda que incluso en el tiempo de las pérdidas, Dios sigue haciendo su obra dentro de nosotros.

Venimos sin instrucciones… para que el alma aprenda a amar, a soltar… y a volver a casa.

Abrazo,

Jorge Oca

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