Sin Instrucciones…. El perdón.

«Lo que no perdonamos… no se queda en el pasado, se queda viviendo dentro de nosotros. Termina dirigiendo nuestras acciones, nuestras reacciones y a veces nuestras vidas.«

Andrés siempre había pensado que la vida debería venir con instrucciones. Le parecía extraño que uno naciera, creciera, amara, trabajara, se equivocara… y que nadie te dijera qué hacer con las heridas que inevitablemente aparecen en el camino.

Aquella tarde salió a caminar con el corazón pesado. Había tenido una discusión muy fuerte con alguien cercano. Sentía enojo, tristeza… y algo más difícil de explicar. No solo estaba lastimado por lo que le habían hecho. También estaba molesto consigo mismo. “¿Por qué no dije nada en su momento?” “¿Por qué dejé que pasara?” “¿Por qué no me defendí cuando debía?”

Mientras caminaba llegó a un pequeño lago en un parque. Un anciano estaba sentado en una banca alimentando a unas palomas. Después de unos minutos el anciano lo miró y le dijo con calma: —Parece que traes una piedra muy pesada en el corazón. Andrés suspiró. —Más bien varias. El anciano recogió una piedra del suelo. —Cuando alguien nos hiere —dijo— tenemos dos opciones: tirar la piedra… o guardarla. —Hay cosas que no se pueden perdonar —respondió Andrés. El anciano sonrió. —El perdón no cambia lo que pasó. Pero sí cambia lo que decides cargar dentro de ti.

Andrés se quedó mirando el agua. Después dijo algo que no había dicho en voz alta antes: —No solo estoy enojado con esa persona… también estoy enojado conmigo. Porque cuando me lastimaron… no hice lo que debía hacer. El anciano asintió lentamente. —Eso pasa más seguido de lo que imaginas. A veces la piedra más pesada no es la del otro… sino la que cargamos contra nosotros mismos. Tomó otra piedra del suelo y la puso en la mano de Andrés. —Una es el perdón al otro —dijo—. La otra es el perdón a ti mismo. Andrés sostuvo ambas piedras. —¿Y cómo se hace eso? El anciano miró el lago.

—Entendiendo que en ese momento hiciste lo que supiste hacer con el corazón y las fuerzas que tenías. El alma también aprende… y aprende con el tiempo.

Andrés respiró profundo. Pensó en lo que había pasado. Pensó en la herida… y en su propio silencio. Y por primera vez pensó algo distinto: “Tal vez en ese momento no sabía hacerlo mejor.” Lentamente lanzó la primera piedra al agua. —Esta es por el otro —dijo. Las ondas se abrieron sobre el lago. Luego miró la segunda piedra unos segundos más. —Y esta… es por mí. La lanzó muy lejos también. 

El anciano sonrió. —Así aprende el alma —dijo—. La vida no viene con instrucciones. Pero cuando perdonas a los demás… y también te perdonas a ti mismo… tu corazón se vuelve más ligero para seguir caminando.

Tal vez el perdón no es una sola puerta. Son dos. Una hacia los demás. Y otra hacia nosotros mismos. Porque muchas veces la herida no solo viene de lo que nos hicieron… sino de lo que creemos que debimos haber hecho y no hicimos. Y el alma también necesita escuchar estas palabras: “En ese momento hice lo que pude con lo que sabía.” Cuando soltamos ambas piedras… el corazón aprende algo que la vida nunca explicó en un manual: que la libertad comienza cuando dejamos de cargar aquello que ya no nos corresponde.

Y ahí… justo ahí… es donde el alma empieza a aprender.

Abrazo,

Jorge Oca

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