Sin instrucciones — Soltar

Lo que no soltamos …  se convierte en nuestra manera de reaccionar.

Andrés no pensaba en eso todos los días. De hecho, casi nunca. Pero había momentos en los que algo se activaba… y no sabía bien por qué.

Como ese día. En una reunión, alguien hizo un comentario. No fue agresivo. No fue directo. Pero lo dejó mal parado. Andrés lo sintió. Ese vacío en el estómago. Ese calor que sube rápido. Sabía que no era justo. Sabía que debía decir algo.

Y no dijo nada.

La conversación siguió. La reunión terminó. Todo “normal”. Pero no estaba normal. Esa noche, manejando de regreso, volvió a aparecer. La escena. La sensación. El silencio. Y entonces pasó algo distinto. No sólo recordó ese momento. Recordó otro.

Tenía ocho o nueve años. Estaba en su casa. Algo había pasado —no recordaba exactamente qué— pero sí recordaba el tono. La forma. Una corrección dura. Una palabra y un golpe que no fueron justos. Un momento donde se sintió chiquito, lastimado.

Sintió lo mismo que hoy: ese nudo en la garganta, esa mezcla de querer hablar, de querer defenderse… y no poder.

Y otra vez… no dijo nada. No hizo nada. Se quedó callado. No porque quisiera. Porque no supo cómo.

Ese día aprendió algo. No con palabras. Con sensación. 

Mejor no decir nada.
Mejor aguantar.
Mejor no exponerse.

Y eso… se quedó.

No como recuerdo constante. Sino como forma de reaccionar.

Años después, en esa reunión, no era sólo Andrés adulto. También estaba ese niño. El que no supo cómo defenderse. El que aprendió a callar. El que sintió que no tenía espacio. Y en el coche, esa noche, Andrés lo vio. Por primera vez. —No es sólo hoy… —pensó.

Y ahí entendió algo: no estaba reaccionando sólo a lo que pasó… estaba reaccionando a lo que nunca soltó. No era enojo con otros. Era algo más profundo: no haberse defendido, no haberse dado su lugar, haberse quedado callado demasiadas veces.

Y eso… pesaba.

Pero también apareció algo nuevo. Se vio a sí mismo… con compasión. No al de hoy. Al de antes. Ese niño que no sabía cómo hacerlo mejor. Que no tenía herramientas. Que no tenía instrucciones. Y entendió algo simple:  …  hizo lo que pudo. No perfecto. No como le hubiera gustado. Pero fue lo que le salió.

Respiró. Y por primera vez… dejó de exigirse como si hubiera sabido más. Porque no sabía. Nadie le enseñó a defenderse. A poner límites. A responder en esos momentos.

Venimos sin instrucciones. Y aún así… vamos aprendiendo.

Esa noche decidió algo pequeño: Dejar de cargar esa versión de sí mismo. No borrar lo que pasó. No negarlo. Pero sí dejar de castigarse por eso.

En los días siguientes, algo cambió. No todo. Pero sí algo. Cuando volvía esa sensación… ya no se quedaba igual. Porque Andrés empezó a entender: Soltar no es olvidar. Es dejar de cargar.

Y entonces, en silencio, empezó a ver más cosas. Se dio cuenta de que no era sólo eso lo que seguía sosteniendo.

También había:

Enojo guardado
Resentimiento
Frustración
Culpa
Necesidad de tener razón
Miedo a que vuelva a pasar

Y entendió algo más:

Lo que no sueltas… te sigue acompañando.

Se convierte en:

Distancia
Dureza
Desconfianza
Cansancio

Y entonces lo vio claro. No se trataba sólo de ese momento. Se trataba de todo lo que venía cargando… sin darse cuenta.

No resolvió todo esa noche. No desapareció todo de golpe. Pero sí empezó algo. Un proceso. El de ir soltando. Poco a poco.

Una reacción a la vez. Una historia a la vez. Una versión de sí mismo a la vez.

Porque tal vez soltar no es un momento. Es una práctica. Y en ese proceso… algo dentro de nosotros descansa.

Y ahí… justo ahí… es donde el alma empieza a aprender.

Abrazo cariñoso,  Jorge Oca

Deja un comentario