Andrés siempre había sido bueno en lo que hacía. Responsable, capaz… de esos que resuelven. En el trabajo confiaban en él. Era un buen líder. En su casa, era confiable y mantenía todo en orden.
Y, sin darse cuenta, también le gustaba tener la razón…
Un día, en una junta, presentó una idea. Era buena. La había pensado bien. —Creo que podríamos simplificarla un poco —dijo Laura con calma. Nada grave. Pero algo en Andrés se movió. —Sí… aunque así como está funciona mejor —respondió.
Lo dijo bien. Pero por dentro ya no estaba escuchando. Desde ese momento, la conversación cambió. Ya no estaba ahí para construir. Estaba ahí para defender Su idea….

Esa noche, en su casa, pasó algo parecido. —Te he sentido distante —le dijo Mariana. —No, todo bien. — Pero… sí te siento lejos. Andrés se incomodó. —También tú dices cosas que no ayudan —respondió…
Silencio.
No era lo que quería decir. Pero ya lo había dicho. Mariana lo miró con calma. —No te lo dije para atacarte… te lo dije porque me importas. Pero Andrés ya no estaba ahí. La conversación en lugar de encuentro se había vuelto en una pequeña batalla.
Otra vez, estaba defendiéndose.
Esa noche no durmió bien. No por la discusión… sino por la sensación. De haber estado cerrado, algo no estaba en paz.

Al día siguiente, en la oficina, pensó en la junta. Y por primera vez se hizo una pregunta distinta: —¿Y si Laura tenía algo de razón? Algo dentro de él se resistió.
Pero también apareció otra voz. Más tranquila. —Tal vez no se trata de tener la razón.
Ahí lo vio.
No como idea… Como experiencia. No estaba defendiendo su propuesta. Estaba defendiendo su imagen. Su lugar. Su necesidad de sentirse seguro. Y entonces entendió algo que nunca le habían explicado:
No todo lo que reacciona en nosotros… somos nosotros.
Se dio cuenta de algo incómodo… pero liberador: Muchas veces no reaccionaba por lo que pasaba afuera, sino por lo que algo adentro sentía amenazado.
Esa tarde le escribió a Mariana: “Perdón. Creo que no te escuché.” No resolvía todo. Pero era real. Y algo cambió.
Esa noche, antes de dormir, pensó: Nadie me enseñó que dentro de mí hay una parte que quiere tener razón, que se defiende, que se cierra… y que muchas veces es la que está manejando.
Siempre creyó que así era él. Ahora empezaba a ver algo distinto.
El ego no es el enemigo. Pero tampoco es buen conductor.

Y cuando lo dejas manejar: escuchas menos, conectas menos, y poco a poco… te alejas.
Pero también entendió algo más, Algo que le dio paz. El ego no se va, pero se puede ver. cuando empiezas a verlo… algo cambia. No desaparece. Pero deja de mandar igual.
Tal vez crecer no es eliminarlo, sino reconocerlo. Y aprender poco a poco, a vivir con algo dentro que nunca te enseñaron a reconocer. No se trataba de los demás. Se trataba de él…
El ego :
Quiere tener la razón.
Quiere controlar.
Quiere evitar el dolor.
Quiere reconocimiento.
Quiere asegurar la imágen.
Porque aunque venimos a la vida sin instrucciones… sí podemos aprender a darnos cuenta.
Y ahí, justo ahí, es donde el alma empieza a aprender.
Abrazo cariñoso, Jorge Oca.