Introducción
Hay algo que he pensado muchas veces a lo largo de la vida:
Nos mandaron a esta sin instrucciones.

Nadie nos explica cómo amar bien, cómo lograr pasar por una pérdida, cómo educar el corazón, cómo enfrentar nuestras heridas o cómo discernir en medio de la confusión. Como ser hijo, hermano, amigo, amante o padre. Simplemente empezamos a vivir… y vamos resolviendo sobre la marcha.
Durante años sentí que muchos nos perdíamos en todo esto. Los resultados eran a veces terribles y me parecía incluso injusto por momentos. Me preguntaba por qué Dios permitiría que camináramos por algo tan complejo sin un manual claro.
Pero con el tiempo — con algunos aciertos, muchos errores, encuentros, caídas y reconciliaciones — he empezado a ver esto de otra manera:
Quizá no es descuido. Quizá es parte del camino. Porque muchas de las cosas más importantes no se pueden enseñar con instrucciones.
La humildad frente al ego no se aprende con teoría.
El amor verdadero no se comprende hasta que se arriesga.
El perdón no nace sin heridas.
La fe no madura sin momentos de fuertes desiertos y largas oscuridades.

La vida ha empezado a parecerme menos un problema que resolver y más un espacio donde el alma se forma. Un lugar donde trabajamos con materiales reales: orgullo, esperanza, miedo, ternura, identidad, confianza.
Y donde cada persona que encontramos — cada situación — forma parte de un aprendizaje que nadie nos entregó por escrito… porque tenía que ser vivido.
Me parece una experiencia emocional en donde el aprendizaje va forjando a nuestra alma. O nuestra alma, tal vez, va forjando nuestro propósito y nuestro hacer a partir de nuestra identidad.
Y en medio de todo esto, Dios no está lejos. A veces lo percibo claramente. Otras veces sólo se intuye. Pero al mirar atrás, muchas veces descubro que Él estaba ahí: en una conversación, en una crisis, en una paz inesperada, en una luz que llegó cuando más se necesitaba.

Estas reflexiones no buscan dar instrucciones.
No pretenden resolver la vida.
Son simplemente compartir un camino.
Semana a semana iremos explorando algunos de esos territorios humanos y espirituales — el ego, el amor, el perdón, el soltar, la fe, la identidad — a través de historias y experiencias dónde quizá podamos reconocernos.
Porque tal vez vivir no se trata de hacerlo perfecto, sino de hacerlo despiertos, acompañados, disponibles.
Y de descubrir, paso a paso, que aun sin instrucciones, nunca caminamos solos.
Y que es aquí — en lo cotidiano — Donde el Alma aprende.
Abrazo cariñoso
Jorge Oca