El águila que aprendió a vivir como gallina

Por alguna razón que sólo el misterio del universo conoce, uno de los huevos de un águila real terminó mezclado con los huevos de una gallina en la granja de doña Inés.

Así, el águila nació entre polluelos.
Aprendió a piar como gallina,
a comer como gallina,
a vivir como gallina.

No conocía otra forma de ser.

Con el tiempo, creció más que sus “hermanos”.
Sus alas eran distintas.
Su pico también.
Pero nunca se preguntó por qué.

Un día de calor intenso, mientras las gallinas corrían a refrescarse en los charcos cerca de los tractores,
una gran águila sobrevolaba la zona desde lo alto.
Nada se le escapaba.

Y entonces la vio.
Un águila… corriendo entre gallinas.

Dio varias vueltas.
No había duda.

La granja entró en caos cuando descendió.
Las palomas volaron,
los gansos graznaron,
las gallinas huyeron.

Nuestra águila-gallina se quedó inmóvil.

Sintió miedo…
pero también curiosidad.

Había algo en esa águila que le resultaba extrañamente familiar,
como el reflejo que a veces veía de sí misma en el agua.

El águila le habló,
pero ella no entendió el idioma.

—¿No sabes hablar como águila?
—¿Será que aprendiste solo el lenguaje de las gallinas?

Sin aviso, el águila la tomó con sus garras
y la elevó hacia el crestón.

Nunca había tenido tanto miedo.
Nunca se había sentido tan indefensa,
tan vulnerable,
tan superada.

Fue depositada en una cornisa alta,
y se aferró con todas sus fuerzas.

Poco a poco llegaron otras águilas.
Y una gran hembra, al verla, supo la verdad.
Una marca en la frente lo confirmaba:
era su hija.

Los días siguientes fueron duros.
Hambre.
Confusión.
Resistencia.

Solo cuando se atrevió a comer lo que comen las águilas,
comenzó a fortalecerse.

Aprendió nuevas palabras.
Nuevas costumbres.

Pero lo más aterrador —y luego maravilloso—
fue aprender a volar.

Llegó el día.
Su madre la miró a los ojos,
con una mirada llena de ternura…
y de exigencia.

La elevó aún más alto.
Y la soltó.

El miedo regresó.
La velocidad aumentó.
Y entonces…
las alas se abrieron.

Instintivamente.
Como si miles de años despertaran dentro de ella.

Las corrientes de aire la sostuvieron.
Otras águilas la acompañaron.
Aprendió a planear.
A dejarse llevar.

Finalmente, recordó quién era.

Hablaba como águila.
Comía como águila.
Volaba como águila real.


Y ahora, la pregunta es para ti:

¿Vives como un águila real…
o a veces como un águila-gallina?

¿Te rodeas de águilas que te enseñan a volar más alto,
o de gallinas que solo pían, comen lombrices
y nunca han pensado en elevarse?

Ese pico,
esas garras,
esas alas que te fueron dadas…
¿son para perseguir sueños pequeños
o para responder a un propósito grande?

¡Qué importante es reconocer nuestra identidad!
Y, sobre todo, vivir de acuerdo a ella.

¿Cuál es tu identidad?

Abrazo grande,
Jorge Oca

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