Myrtha: La Lista Infinita.

Myrtha llegó puntual, como siempre.


La guía de turismo —una mujer de entre 50 y 60 años, cabello con canas y rostro tallado por el trabajo— esperaba a sus visitantes en ese pequeño pueblo del sureste asiático, tan famoso por sus maravillas naturales como por la humildad de su gente.


Vestía la blusa y los pantalones holgados que usan quienes conocen bien el clima tropical, y en su pecho cruzaba una mochila vieja, de esas que parecen haber pasado de mano en mano por varias generaciones.


Su inglés era bueno, su postura firme. Había en ella una mezcla de orgullo y serenidad que no se puede fingir. Emanaba una energía de humildad orgullosa y muy amorosa.

La caminata comenzó entre risas, fotos y curiosidad.


A Myrtha siempre le gustaba responder preguntas, pero ese día las preguntas tenían un sabor distinto.
—¿Cuántos viven contigo en casa, Myrtha?
Ella sonrió.
—Somos ocho: mis padres, mi suegra, una hermana, mi esposo y mis dos hijos.

—¿Y qué comen? —.
—Ay, aquí comemos diferente —respondió Myrtha, acomodándose la mochila—. Todos los días cocino medio kilo de arroz, le pongo una pieza de pollo y una o dos verduras ralladas. Cada quien sabe cuánto le toca y, cuando puede, pasa a la cocina y come.
—¿O sea que no comen juntos?
—Pues no… cada quien tiene horarios y obligaciones distintas.

Pero luego salió una pregunta que cayó como piedra en el agua:
—¿Y son felices?

Myrtha se quedó callada unos segundos. No por duda, sino por respeto a la profundidad de lo que iba a responder.

Después, con una seguridad tranquila, dijo:
—Mire, señor Jorge… sí, somos felices. Le voy a decir por qué: no necesitamos más de lo que tenemos. Agradecemos diariamente a Dios por sus bendiciones… por lo que nos da y por lo que no nos da. Vivimos tranquilos y en paz. La clave está en no necesitar más.

Los turistas guardaron silencio.
Pero Myrtha continuó, con esa sinceridad desarmante de quien no tiene nada que demostrar:
—Ustedes están llenos de cosas que creen necesitar, y dedican la vida entera a conseguirlas. Esa lista nunca termina. Mientras más tienen, más quieren.
—¿Sabe cuál es el problema? —dijo mientras caminaba entre la selva—. Esa lista interminable no les deja disfrutar ni agradecer lo que ya tienen: salud, amigos, trabajo, familia, cariño…

—Nosotros decimos que tienen un hueco en el alma y una mente muy revuelta. Y piensan que llenando la lista pueden calmar ese hueco. Pero nunca se llena. Nunca.

Siguieron caminando. El sol se filtraba por las palmeras.
Myrtha, viendo que su cliente seguía pensativo, remató con una frase que se clavó en la mañana:


—Cuando atiendes el hueco, ordenas la mente y dominas la lista, descubres que puedes vivir con una energía amorosa que crece cada día.

Nadie dijo nada.
Cuando llegaron finalmente a las ruinas —quietas, antiguas, imponentes—, Myrtha escuchó a su cliente que  murmuraba para sí mismo, casi con vergüenza:


—Pobre del que piensa que la pobre es ella…

Y así, en ese pequeño pueblo del sureste asiático, entre templos y selvas, la verdadera guía no fue Myrtha llevando turistas… sino Myrtha llevándonos hacia dentro:

a cuestionar el hueco,
a ordenar la mente,
a soltar la lista,

y a reconocer que la felicidad no nace cuando se consigue más,
sino cuando se necesita menos.

 Abrazo cariñoso,

Jorge Oca

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