Citlali y Tonatiuh.

Citlali gozaba enormemente de estos momentos. Se levantaba siempre con tiempo antes del amanecer y subía al templete donde hacía sus ofrendas a Tonatiuh. Para ella, este dios era el más importante y con el tiempo, había formado una estrecha relación con él.

Citlali era una de las ayudantas de los sacerdotes de Tenochtitlán. De hecho, Citlali tenía un don especial para tratar diversas dolencias y problemas en las mujeres. Nadie como ella para atender partos, madres que tenían problemas con embarazos y las que presentaban esas terribles bolas duras en diferentes partes del cuerpo.

La temporada de invierno siempre era muy pesada.

Acababa de decirle a una madre joven que su embarazo se había interrumpido; había perdido un precioso y futuro bebé por culpa de esas bolas desgraciadas que salían de repente.

Citlali estaba también con el ánimo sombrío por qué los gobernantes actuales habían sumido a su querida ciudad en la división y la desesperanza. Ella sabía que eran un pueblo noble y solidario y que se merecían algo mucho mejor.

Por eso rezaba a Tonatiuh, no es que no le diera su lugar a Huitzilopochtli, pero ese joven dios solo pensaba en la guerra y en conquistar.

Citlali sabia que Tonatiuh la escuchaba y la tomaba en cuenta.

Muchas veces había sido testigo de sucesos sorprendentes. Pacientes se habían curado, familias se habían reencontrado, trabajos y negocios habían finalmente prosperado.

Ella estaba segura que Tonatiuh buscaba lo mejor para todos y que de alguna manera su mano estaba en todo.

Lo que no debía ser, no sucedía. Lo que era bueno para todos, de alguna manera se lograba. También veía que sucesos negativos luego traían muchos beneficios mayores. Había que confiar en Tonatiuh. Él sabía y él se encargaba.

A Citlali le encantaba esta época del año, porque sabía que su dios preferido le comunicaba mediante los amaneceres y atardeceres que todo estaría bien.

La increíble belleza por las mañanas, al salir victorioso de las fuerzas de la obscuridad, era digno de un dios poderoso y abundante.

Y por las tardes, al anunciar con esos colores majestuosos, su disposición por enfrentarse con gran esperanza a lo que la obscuridad le ofreciera.

Citlali había entendido y abrazado LA ESPERANZA que este dios le ofrecía. Creía en él y le agradecía por todas las bendiciones que día a día le mandaba. Una de ellas eran estos amaneceres y atardeceres.

El agradecimiento siempre cambiaba la energía en Citlali, sentía como sus emociones buenas fluían y percibía como sus dones y talentos surgían más y hacían que los demás se beneficiaran.

Ella sabía que Tonatiuh la usaba para ayudar a los demás y hacerles sentir que el buen dios estaba atento y presente todos los días de su vida.

Abrazo cariñoso de parte del Oca y de tu Poderoso y Amoroso Dios…

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