Es lo mismo, pero no es lo mismo.

La madrugada era espectacular, la ciudad estaba profundamente dormida. Había sido nochebuena y la gran mayoría aún dormía. El amanecer prometía ser muy especial.

La figura del Popo se marcaba claramente en el horizonte.   Se veía claro, delineado y sin fumarolas. La sombra de sus laderas lo hacía verse proyectado hacia el cielo. Las nubes y los colores lo adornaban de una manera majestuosa.

La mujer dormida estaba cubierta por bruma y algo de nubes. Su silueta no se distinguía. Solo adivinabas lo que recordabas que era, o quería ser.

Hoy el Popo estaba más iluminado, como que despertaba antes; se definía antes. Sin embargo, la primera fumarola aparecía y ya desvirtuaba su perfil. Se redefinía en cada instante.

La mujer observaba la fumarola y suspiraba. Más de lo mismo, aunque siempre diferente. Él parecía no poder controlar su interior. Simplemente brotaban de sus entrañas oleadas tras oleadas de humo, gases y muchos ruidos.

Ella pensaba en que algo de autocontrol no sería malo. Ella no padecía de estos males y no sabía, ni sospechaba lo que era sufrir de esto.

Él se veía majestuoso; a ella siempre la cautivaba y en estas horas de la mañana se veía precioso. ¡Como le gustaba cómo le adornaban las estrellas que aún brillaban sobre su cima!

Aún con esa falta de control y su perfil lleno de humo, ella amaba irremediable y profundamente al buen volcán. 

Para empezar era lo que había, y ella había aprendido a amarlo. Muchas veces había pensado en el volcán que estaba hacia el Este, pero ella sabía que estaba lejos y no era lo mismo…

El volcán la miraba entre las fumarolas. Le dolían las entrañas de lo  hermosísima que era. Le encantaba su silueta, su majestuosidad, su prestancia. Le apasionaba cuando estaba llena de nieve. Cuando alguna tormenta caía sobre ella, cuando el amanecer la iluminaba como hoy; de colores increíbles.

Cualquiera se hubiera enamorado a primera vista de ella. Su amor por ella llevaba miles de años y aunque siempre era la misma, no era lo mismo para él.

Él sabía que ella lo contemplaba, sabía que lo amaba. También sabía que él no necesariamente había sido lo que ella esperaba o necesitaba.

Estaban conectados desde lugares muy profundos. Su conexión era casi divina.

En esta mañana de Navidad, sentían un amor diferente. Se alcanzaba a ver el mar, el día era claro y sus bellezas se iluminaban con claridad.

Aunque conocían cada perfil y cada disfraz, el sentimiento era el mismo; pero no era lo mismo.

Era descubrir cada día algo nuevo en ese amor en el otro.

Ella siempre buscaba definir lo que él significaba para ella, lo que ella quería. Él simplemente sentía y la amaba.

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Él era cercano pero distante, muy inteligente pero introvertido. Responsable pero medio cuadrado. Le gustaba estar a solas y no necesariamente ser el centro de la atención.

Ella era extrovertida y muy divertida. Le gustaba mucho estar con otros y hablar hasta altas horas de la noche. Era creativa, bailadora y bullanguera. Muy sensible y amorosa.

Se atraían por ser diferentes; se complementaban…

Una gran nube  venía del oriente y comenzaba a cubrir el espacio entre los dos.

Parecía que sería otro día en donde no se verían. O una época en donde estarían juntos pero distanciados..

Aprovechaban los últimos momentos para contemplarse el uno al otro.

Las fumarolas en él seguían creciendo.

Ella estaba tranquila, había aprendido a controlar este sentimiento de dejarlo de ver por tiempos a veces largos…

Él parecía despedir más fumarolas que las de costumbre…

En el fondo ella sabía lo que tenía que saber.

Estarían juntos, pero no tan juntos, sería como siempre, pero no como siempre. Descubrirían cada día algo nuevo que los haría crecer.

Contemplaron cada uno a las ciudades que se despertaban y se preparaban para celebrar el día de Navidad.

Abrazo,

Jorge Oca

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